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Arcipreste
Joan Garcia Cuando hablamos de Teología Fundamental no nos queremos referir a los principios descriptivos referenciales de la Fe y a su aprehensión conceptual y formal, es decir lo que podríamos denominar ETHOS, sino a la experiencia propiamente dicho de los pilares que sustentan el misterio de la Realidad creada, corolario de la cual, la constituyen la interrelación entre el Hombre y el Cosmos, el Hombre y Dios. San Ireneo de Lyón nos ha dicho: No os pertenece el Símbolo de la Fe si no lo vivís. ¿Qué nos quiere decir S. Ireneo? ¿Cuál es el alcance de sus palabras? Podríamos afirmar que lamentablemente en nuestros días, sí que tienen alcance y sentido, pues el enfoque teodicéico de algunos tratados de teología, o, en otras, el enfoque meramente cognitivo de los diferentes puntos de referencia teológicos mencionados, hace que, en muchos casos, el elemento co-sinérgico pasivo, el hombre, el creyente en el caso particular que nos ocupa, piense y viva convencidísimo de que el conocimiento conceptual de los diferentes principios referenciales de la Fe y su desarrollo y aplicaciones hacia lo que constituye el ethos es la verdadera experiencia del conocimiento no solamente intelectual, también emocional, de lo que tradicionalmente denominamos la sinergia teantrópica, co-dinamía entre Dios y el Hombre. Si esto fuera así, si esto fuera cierto, el conocimiento conceptual, intelectual, no exento como hemos dicho de ser acompañado de las pertinentes sensibilidades y emociones, tendríamos que encontrar en el discurso intelectivo y en el cumplimiento del ethos que se deriva de ello, no la justificación por la Fe o las obras, sino algo más, evidentemente, incluso un mejor y mayor acercamiento a Dios y al prójimo, cosa que se constata débilmente realizada por esta praxis. Cuando menos, los catecismos y las epítomes morales no han conseguido por ellos mismos mejorar conductas en el sentido largo y ancho del término. Contemplando el conjunto de referencias esenciales del Símbolo de Fe y el ethos que se deriva de él abarcamos un periodo cronológico que transcurre a lo largo del primero milenio. Durante este milenio la transmisión oral desde los Apóstoles a los Padres Apostólicos padece ya desde su inicio un ‘mezcolanza’ de influencias gnósticas helénicas y romanas, entre otras, hasta el punto que en los alrededores del 325 el Emperador se ve obligado a convocar un Concilio, el primer Concilio de Nicea, para poner paz a las discusiones entre los eclesiásticos del tiempo, discusiones que trastornan la Paz Constantiniana. En Nicea, la afirmación final de la igualdad del Cristo y el Padre desde antes de los siglos se impone en frente de la afirmación arriana de un Logos creado. Alejandrinos y capadocios significados en Alejandro, Atanasio Magno, Basilio, Gregorio de Nisa, Gregorio Nacianceno, entre otros, sin olvidar Nicolás, Spiridón, también Osio de Córdoba, trabajaron a fin de que al finalizar Constantinopla I, segundo Ecuménico, las Tres Divinas Hipóstasis fueran puestas en un plano de plena antigüedad, igualdad, santidad, a excepción de la monarquía del Padre del cual proceden las otras dos por engendramiento y por espiración. Creer pues en un Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios en tres Hipóstasis, constituye el primer paradigma, punto esencial de referencia del Símbolo de Nicea-Constantinopla que hoy en día profesamos y tenemos que profesar hasta la parusía. Ahora bien, ¿qué significa esta afirmación, creencia inalcanzable para el entendimiento humano? Si creer es vivir, experimentar, ¿podemos experimentar lo que no entendemos? ¿Podemos hacer nuestro el Símbolo de Fe? El acercamiento teológico del método catafático, positivo, definitorio, no se hace posible por razones obvias. El acercamiento apofático, la teología llamada por negación, por lo “que no es” no deja menos cerca nuestra razón, aunque mejora la situación del que contempla algo obligándole, al no encerrar el objeto de aprehensión a su nivel de capacidad dilucidatoria, mientras que Dios-Trinidad en esencia, permanece inalcanzable. Sólo quien ha visto Cristo ha visto el Padre, y por enseñanza directa del mismo Cristo hemos aprendido a decir Padre Nuestro, “Abba”. Él mismo nos ha dirigido Aquel que, en Pentecostés, procede del Padre, o ParaklitoV. La experiencia, pues, el conocimiento del Cristo, de Aquel que se denomina Emmanuel, “Dios con nosotros”, es experiencia y conocimiento que se traduce en una incorporación, una participación consciente y voluntaria, un amén, en la Economía de Salud que Él dirige y de la cual el Espíritu Santo es el único administrador. Esta participación, incorporación, ¿cómo es posible realizarla? ¿No nos encontramos otra vez ante lo Inconmensurable, lo Inalcanzable, lo Irracional, humanamente hablando? Es mediante el teolugnema desarrollado en Calcedonia, descripción necesaria de la realidad de la Encarnación de la Segunda Hipóstasis que implica la dualidad de las dos naturalezas en la única Persona Jesús el Cristo, dualidad de naturalezas complementada en Constantinopla II con la dualidad de voluntades, rompiendo así definitivamente la crisis nestoriana a nivel doctrinal de todo lo que sucedió en Éfeso, en el tercer concilio Ecuménico, alrededor del paradigma María, Madre de Dios y del dilema entre Nestorio y Cirilo: THEOTOKOS - CRISTOTOKOS. La afirmación dos naturalezas, dos voluntades, sin mezcla, absorción, superposición o confusión, deja a una multitud de cristianos fuera de la plena OIKUMENE – KOINONIA, por primera vez en la historia de la Iglesia. Si lo que hay de común entre el nuevo Adán, Jesucristo, y nosotros mismos es la naturaleza común, la humana, es pues por la in-hipóstasis, la enhipostatización de todos y cada uno de nosotros, por la incorporación en esta naturaleza humana renovada, vivificada por la resurrección de Jesucristo, por la que nos constituimos en miembros integrantes de esta misma naturaleza humana a la vez común, incorporación y permanencia que se efectúa por la actualización consciente, voluntaria, por el amén de nuestro bautizo, crismación y eucaristía, misterios de nuestra iniciación cristiana y de esta manera participamos en la naturaleza divina del Cristo. ¿Cómo es pues posible esta participación? Pues sí, es posible, sin mezcla, superposición, absorción ni confusión. Es la tercera forma de unión mística descrita por S. Gregorio Palamás: KOINONIA, unión por participación, por las energías, por gracia. De manera semejante y análogamente a los ángeles, pero no igual, la naturaleza humana en Cristo es bañada, iluminada, vivificada por las energías divinas increadas que compenetran toda la realidad creada desde el primer día del tiempo. Así pues este baño de gracia increada, esta inhabitación del Espíritu Santo, la santidad, en breve, es la única forma posible de experimentar en plenitud de lo que confesamos en el Símbolo de Fe, pese a que nuestra luz racional no capte la realidad vivida. El hombre racional y su naturaleza no captan la experiencia de las esencias de la fe, sino que es Dios mismo en sus energías increadas que arrebata sus santos y los transfigura en la entelequia para la cual son creados: la santidad. La voz del Padre en el Jordán y sobre la montaña de la Transfiguración, el Espíritu Santo en “forma de paloma”, en “lenguas de fuego”, las afirmaciones, las enseñanzas, los milagros del Cristo, la santificación del Espíritu en su Iglesia, todas estas FANIAS recibidas y no tan sólo dentro del periodo de la Nueva Alianza, sino también desde Moisés hasta Zacarías, constituyen la piedra de toque por la que darnos cuenta de que la experiencia de Dios en nosotros es a-racional y que sólo el método empírico de los Padres y Ascetas que nos han precedido constituye la sola tradición válida, y prefigura una THEORIA, que curiosamente es esencialmente PRAXIS y que esta PRAXIS cuando queda limitada a la simplicidad del puro raciocinio lógico sin ir acompañada del “experiencia del corazón”, la KOINONIA hacia los otros y todos juntos hacia Dios, lleva indefectiblemente a la esterilidad espiritual. Llevamos mucho tiempo queriendo encerrar a Dios dentro de las categorías lógicas del aristotelismo, cuando menos inconscientemente. La confesión, pues, en primer término, y la experiencia del Tri-Único, de la Maternidad divina de Maria, de las dos naturalezas del Cristo, básicamente, y la experiencia, la in-habitación de estas realidades en nosotros mismos, la adquisición de la santidad es el único camino posible para hacer nuestro lo que sí es esencial del Cristianismo: Que Cristo viva en nosotros. Si no somos capaces de acoger al divino Niño, si no lo ayudamos a crecer en nosotros, y si no actualizamos los misterios recibidos, si no vencemos las tentaciones del mundo, del demonio y de la carne, si no salimos a la vida enseñando, proclamando, bautizando, el Evangelio del Cristo, de nada o de poco servirán nuestros actos, nuestras vidas. Pasaremos de la posibilidad de ser a la total imposibilidad de ser, a la muerte espiritual. Todo lo que se vuelva muerte pasará; solo Él no pasará. Él es el arch kai teloV. Él es la Verdad, el Camino y la Vida. La descripción por lo tanto de las referencias fundamentales nos es dada por la Tradición en forma de dicotomías a-racionales, pronunciamientos dogmáticos para ultrapasarlos yendo de la razón hacia la vida. Son información y materia de trabajo al mismo tiempo. La praxis, la luz del Espíritu Santo, la ayuda de la Tradición constituyen el trípode dónde se apoya la experiencia de la Fe, que no es creer en lo que no se ve, como a menudo se dice, sino el hecho de conocer en el sentido bíblico tradicional, es pues la experiencia que tiene la base en la comunión plena en el Cuerpo Místico del Cristo. San Pablo nos lo apunta y los Padres de la Iglesia nos lo confirman. El “creced y multiplicad” toma aquí su sentido más profundo y llega al paroxismo de su desarrollo posible en el “amaros cómo Yo os he amado”. Ninguna organización eclesial en el sentido restrictivo del término, ningún príncipe eclesiástico, ningún teólogo ni teología, ningún cristiano que no esté impregnado por la efusión del Espíritu Santo, todo aquel que esté falto de santidad, de vida en Cristo, todo aquello dónde Cristo y el Espíritu Santo, los dos brazos del Padre, no permanezcan en su fondo, nada de esto, excepción hecha de lo que Dios quiera, tiene consistencia que pueda sustituir la experiencia de las bodas entre el Cordero y la Iglesia, entre el Esposo y la Esposa. Entonces la aprehensión no conceptual, sino práctica, espiritual, santa, del Símbolo de Nicea Constantinopla, es una noche de boda parecida al relato del Shir-ha Shirim, el “Cantar de los cantares”. Es el don de Inteligencia, de Sabiduría, de Santidad, que encarna en nosotros al Espíritu Santo, el que hace posible discernir lo que la razón y el intelecto no pueden llegar a comprender y definir. Los dones de Dios en nosotros son los que aportan el cumplimiento en el Hombre de su entelequia: el AMÉN, esto es la participación voluntaria, libre en el sentido teológico ortodoxo, co-conduciendo la creación toda, co-partícipes, rey y servidor a la vez, dirigiendo todo y todos a los pies del Trono del PANTOCRATOR, a los pies del CORDERO, el día de la PARUSIA. La Inteligencia y la Libertad ortodoxas residen en el Corazón; la Razón y el Intelecto manifiestamente no van más allá, a menudo, del cerebro, y de aquí las limitaciones corolarias. A duras penas llegan a alcanzar de manera horizontal, plana, epidérmica la realidad trascendente. Solamente “la escucha del corazón” puede llegar a oir tras largo tiempo practicando el “silencio interior”, la hesiquía, el podvig, periodo en el cual el hombre calla con tal de oír, para dejar paso a la voz inconfundible del Espíritu que habla a su “pequeña iglesia”, al “corazón del hombre”, el templo dónde hace morada, el lugar por excelencia de la intimidad de los amigos de siempre, el Hombre y Dios, dirigiéndolo imperturbablemente hacia la gran Iglesia donde ya no hay templo porque el “templo es Dios”; y como referencia, las líneas finales del Apocalipsis de S. Juan, cuando el nuevo cielo y la nueva tierra son instaurados. Cuando menos, hace falta actualizar la memoria y la conciencia, por parte de los cristianos de la justa alabanza, los llamados a convertirse en la sal “de la tierra”, anunciadores de la Buena Nueva, de la Resurrección, de no disolver nuestras referencias tradicionales legadas por los Padres: la simple aprehensión conceptual, intelectiva, del conocimiento doctrinal, bíblico, litúrgico, incluso moral, dogmático, formal, sin la ayuda de la actitud penitencial, del espíritu de paciencia, de humildad y de caridad; sin el trabajo constante de ascensión por la Escala Santa, sin la renuncia al poder, sin la integridad personal en todo y por todos, sin el espíritu de discreción, potencian el desvanecimiento primero y posteriormente el oscurecimiento del “discernimiento de espíritus” y consecuentemente la cristalización en un estado “de coma espiritual” dónde por temor atávico, ausencia de amistad con Dios, el alma compensa con obras expiatorias, compensatorias, la carencia de fe, la ausencia de Dios en su vida. La autoexigencia en la adquisición sin pausa del Confortador, dador de Vida, personal y comunitaria, universal, de toda la humanidad, la exigencia urbi et orbi de la santidad es el sello de nuestra verdadera libertad, la aprehensión de la entelequia que nos pertenece por creación. Por la comunión con el prójimo en Jesucristo actualizamos el Pentecostés y nos convertimos en Iglesia, comunión; comunión litúrgica y acción de gracias, eucaristía; el muro infranqueable de las antinomias irracionales se convierte en la plataforma que impulsa el ser a la participación por la gracia increada, hacia Dios. Los conceptos dogmáticos se vuelven vida, experiencia, e, incluso, ultrapasan su aparente contradicción racional, embarcados nosotros como almas en un barco que nos conducirá al final de sus singladuras a puerto seguro. El Arca de Noé, la embarcación de los Apóstoles pilotada por el Cristo, tal y como aparece ilustrada a comienzos del Pidalion de san Nicodemo el Hagiorita, son iconos reveladores de la exposición desarrollada hasta este punto. “Vivir los dogmas es ultrapasarlos”. Este ir más allá parecería por tanto la tarea a realizar por “todo teólogo” en el proceso de pneumatización que le conducirá indefectiblemente a la santificación. Por constitución biofisioquímica estamos obligados a hacer la aprehensión de las cosas materiales y también las abstractas mediante nuestras facultades intelectuales, esto constituye el conocimiento intelectual, que sólo se constituye en conocimiento sofiánico, verdadero, por la inhabitación de la gracia que transfigura y nos hace “sentir bien”, como a Pedro, Santiago y Juan en la montaña donde contemplaron a Aquel que es el cumplimiento de la Torá y de los Nebiim; ellos se volvieron teólogos por participación. No hicieron una aprehensión intelectual del Cristo, vivieron una experiencia después difícil de explicarla lógica e intelectualmente. He aquí la diferencia de los hechos en sí misma. La aprehensión intelectual en sentido estricto de conceptos y terminologías, la capacidad de especulación con las ideas, el intento de intelectualizar, de limitar, de definir las emociones consecuentes surgidas, excitadas en el proceso cognitivo no comportan la plenitud del conocimiento teológico. Ni esta aprehensión, ni la más refinada especulación filosófica pueden traspasar sus propios límites. Solamente la adquisición de la santidad puede dar verdaderas alas a aquellos cultivadores de las ciencias escriturísticas, litúrgicas, históricas, dogmáticas, etc.; solamente la verdadera Sabiduría es el principio de la inteligencia del teólogo y el principio de esta sabiduría es el temor de Dios (Prov. 9, 10). Teológicamente hablando y según la Tradición que nos es propia “conocimiento” es sinónimo de “comunión“. La falsa teología se ha convertido, se ha escondido, sigilosamente, astutamente como Nahash en el Paraíso, prometiendo este conocimiento verdadero que hará del hombre un dios, en forma de análisis estructural, estilístico, histórico, arqueológico, del contexto escriturístico de ambas Alianzas, contemplación moral y psicológica, revisionismo histórico y litúrgico, contemporanización con el tiempo, y una larga lista de ejercitaciones que, faltas de la “sal y la levadura” que aporta la gracia de la vía unitiva hacia Dios, desembocan finalmente en la esterilidad espiritual más supina. Sólo las palabras de un Padre de la Iglesia sitúan la verdadera descripción del teólogo: “Teólogo es quien reza”. La verdadera Teología consiste en la escucha, la comunión, la co-incorporación en la Economía de Jesucristo, participación en su Cuerpo Místico, administrado por el Espíritu Santo, en la única Eterna Divina Liturgia que se celebra desde el alba del Primer día de la Creación.
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