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    Vigésimo Sexto Escalón: del Discernimiento - Parte 1

São João da Escada

1. En los principiantes, el discernimiento es un conocimiento verdadero de sí mismos; en los que progresan es un sentido espiritual que distingue sin error el bien verdadero del bien solamente natural (o de su opuesto); en los perfectos, es una ciencia que proviene de una iluminación divina y que puede aclarar con su luz lo que está oscuro para los otros.

O de una manera general, quizás el discernimiento es y se define como la percepción cierta de la voluntad de Dios en toda ocasión, en todo lugar y en toda circunstancia; se encuentra solamente en los que son puros de corazón, de cuerpo y de boca.

El discernimiento es una conciencia sin mancha y una sensibilidad purificada.

2. Quien destruyó piadosamente en sí mismo las tres pasiones, destruyó también las cinco; pues el que es negligente en lo que concierne a las primera no vencerá ninguna.

3. Que nadie caiga en la incredulidad por ignorancia, al escuchar o ver cosas que sobrepasan la naturaleza de la vida monástica; pues allí donde habita Dios, que está por encima de la naturaleza, ocurren muchas cosas que sobrepasan la naturaleza.

4. Hay tres causas generales en todos los combates que libran con nosotros los demonios: la negligencia, el orgullo y la envidia de los demonios. La primera es deplorable; la segunda, muy miserable; pero la tercera es una bendición.

5. Que, después de Dios, nuestra conciencia sea nuestra dirección y nuestra regla en todo para que, sabiendo de dónde sopla el viento, podamos tender nuestras velas, en consecuencia.

6. En todo lo que hacemos según Dios, los demonios cavan para nosotros tres precipicios: al principio se esfuerzan para impedir que obremos el bien; en segundo lugar, después de su primera derrota, intentan hacer lo que río es según Dios; y cuando fracasaron también en esto, estos ladrones se presentan dulcemente en nuestra alma y nos felicitan por vivir en todo según Dios. Es necesario combatir el primero con el celo y el temor de la muerte; el segundo, con la sumisión y las humillaciones y el tercero, condenándose a sí mismo sin descanso. Debemos hacer frente a este trabajo hasta que el fuego divino penetre en nuestro santuario; entonces ya no estaremos determinados por malas predisposiciones. "Pues nuestro Dios es fuego devorador" (Hb 12:29), que consume toda fiebre de lujuria, todo movimiento de pasión, toda mala predisposición, todo envejecimiento y toda oscuridad interior y exterior, visible e invisible.

7. Los demonios generalmente producen lo contrario de lo que acaba de decirse. Cuando toman posesión del alma y apagan la luz del espíritu, no existe más en nosotros, pobres miserables, ni sobriedad, ni discernimiento, ni conocimiento propio, ni vergüenza; sino endurecimiento, insensibilidad, falta de discernimiento y ceguera.

8. Lo que acabamos de decir es claramente conocido por los que dominaron la lujuria, reprimieron su libertad de conducta y de lenguaje y pasaron del impudor a la modestia. Saben cuánta vergüenza propia sienten interiormente cuando su espíritu deja de estar embriagado y se cura de su endurecimiento, o mejor aún de su ceguera, y cuánta vergüenza por lo que dijeron e hicieron cuando vivían enceguecidos.

9. Si la claridad de nuestra alma no comienza por el ensombrecimiento y las tinieblas, los ladrones no vendrán a robarla, matarla y arruinarla. El robo es la pérdida de su riqueza; el robo es hacer lo que no está bien como si estuviera bien; el robo es el alma que está cautiva sin saberlo. El asesinato del alma es la muerte del espíritu razonable que cae en acciones infames. La ruina es la desesperación después de la transgresión.

10. Que nadie dé como pretexto su impotencia para observar los preceptos del Evangelio, porque hay almas que cumplieron más que los preceptos. Se convencerán con el ejemplo de quien amó a su prójimo más que a sí mismo y que dio su vida por él, aunque hayan recibido el mandato del Señor.

11. Que tengan ánimo los que soportaron la humillación de estar sometidos a las pasiones. Incluso si caen en todos los precipicios, si se dejan capturar en todas las trampas o si son alcanzados por todas las enfermedades, cuando recobran la salud, llegan a ser médicos, faros, lámparas y pilotos para todos, enseñando los síntomas de cada enfermedad; su propia experiencia los vuelve capaces de impedir a los otros que caigan.

12. Si algunos todavía están tiranizados por sus antiguas predisposiciones malas y pueden, sin embargo, enseñar a los demás por medio de la palabra, simplemente que enseñen, pero que no les den órdenes. Pues podrá ocurrir que, confundidos por sus propias palabras, se pongan a practicar lo que enseñan y les ocurrirá lo que vi que se producía con los que se habían hundido en un pantano. Zambullidos en el fango como estaban, enseñaban a los que pasaban cómo se habían atascado, explicándoselo para su salvación, para que no cayeran ellos también de la misma manera. Y a causa de procurar la salvación de los otros, Dios todopoderoso los liberará también a ellos del barro. Pero los que están dominados por sus pasiones y se arrojan voluntariamente a los placeres, que enseñen solamente con su silencio, pues está escrito que "Jesús hizo y enseñó desde un principio" (Hch 1:1).

13. Peligroso, verdaderamente peligroso, es este mar que atravesamos nosotros, humildes monjes. Es un mar pleno de tempestades, de escollos, de torbellinos, de piratas, de tomados, de bajíos, de monstruos y de olas. El escollo para el alma es la cólera violenta y repentina. El torbellino es la angustia que se apodera del espíritu y se esfuerza en arrastrarlo al abismo de la desesperación. El bajío es la ignorancia que toma el mal por el bien. El monstruo es ese cuerpo pesado y salvaje. Los piratas son los más peligrosos proveedores de vanagloria que roban nuestro cargamento de virtudes laboriosamente adquiridas. La ola es un vientre hinchado y cargado que nos deja librados a los animales agresivos y salvajes. El tornado es el orgullo que, después de habernos elevado al cielo, nos hace descender al fondo del abismo.

14. Todos los que enseñan las letras saben qué estudios convienen a los principiantes, a los que progresan y a los maestros. Prestemos atención, no ocurra que después de haber estudiado por mucho tiempo, estemos todavía sólo en las lecciones de los principiantes. Pues es una gran vergüenza ver a un viejo ir a la escuela con niños.

Un excelente alfabeto que conviene a todos es éste: obediencia, humildad, cilicio, cenizas, lágrimas, confesión, silencio, humildad, vigilias, coraje, frío, fatiga, pena, humillación, contrición, olvido de las ofensas, amor fraternal, dulzura, fe simple y sin afectación, despreocupación por las cosas del mundo, ausencia de odio hacia los parientes, desprendimiento, simplicidad inocente, abyección voluntaria.

Un buen programa y una materia de examen para los que están avanzados: la fuga de la vanagloria, la ausencia de cólera, la firme esperanza, la hesychía, el discernimiento, el constante recuerdo del juicio, la compasión, la hospitalidad, la moderación en los reproches, la oración en la impasibilidad, el desprendimiento del dinero.

Y un modelo, una regla y una ley para los que están en la carne, pero tienden piadosamente a la perfección del espíritu y del cuerpo: un corazón liberado de todo cautiverio, la perfecta caridad, la fuente de la humildad, la elevación del espíritu, la presencia interior de Cristo, la luz asegurada en la oración, abundancia de iluminación divina, el deseo de la muerte, el odio por la vida, la huida del cuerpo, la intercesión por el mundo, la violencia hecha a Dios, la concelebración con los ángeles, el abismo de la ciencia, la residencia en los misterios, el cuidado de los secretos inefables, el salvador de los hombres, el Dios de los demonios, el señor de las pasiones, el señor del cuerpo, el superior de la naturaleza, la huida del pecado, la morada de la impasibilidad, el imitador del Señor, con la ayuda del Maestro.

15. Debemos dar prueba de una gran sobriedad espiritual cuando el cuerpo está enfermo. Nos vemos extendidos en la tierra y somos incapaces temporariamente de sostener la lucha contra los demonios a causa de nuestra debilidad, y ellos, entonces, se esfuerzan en atacarnos con violencia. En torno de los que viven en el mundo, cuando están enfermos, rueda el demonio de la cólera y a veces el de la blasfemia; en cuanto a los que viven fuera del mundo, si tienen abundancia de lo que necesitan, el demonio de la gula y el demonio de la lujuria los atacan; pero los que viven en lugares ascéticos y privados de consuelo, tienen la compañía del demonio tiránico de la amargura y de la tristeza.

16. Yo remarqué que el demonio de la lujuria agregaba enfermedades a los dolores y en los dolores del alma ocasionaba movimientos de la carne y de profanación, y era sorprendente ver cómo se rebelaba y ardía en medio de violentos sufrimientos. También observé que algunos, extendidos en su cama, estaban reconfortados por el poder de Dios o por un sentimiento de compunción; gracias a este consuelo, dejaban a un lado el dolor y llegaban a una disposición del espíritu tal que no deseaban ser liberados de su enfermedad. Y observando esto atentamente, vi a otros que sufrían cruelmente y que, a través de esta enfermedad, eran liberados de las pasiones del alma como a través del cumplimiento de una penitencia, y glorifiqué al que purificaba la arcilla con la arcilla.

17. Un intelecto espiritual siempre está revestido de una sensibilidad espiritual. Como está en nosotros y, al mismo tiempo no está, jamás debemos cesar de buscarla. Y cuando aparece, los sentidos exteriores cesan por sí mismos su actividad. Sabía esto el sabio que dijo: "Entonces descubrirás un sentido divino."

18. La vida monástica debe ser vivida con un profundo sentimiento del corazón, que anime las acciones, las palabras, los pensamientos y los movimientos. Caso contrario, no será una vida monástica y todavía menos una vida angélica.

19. Una cosa es la providencia de Dios; otra, su ayuda; otra, su protección; otra, su misericordia; y otra, su consuelo. La providencia de Dios aparece en toda la creación; su ayuda, en aquellos que tienen una fe activa; su misericordia, en sus servidores; y su consuelo, en los que lo aman.

20. A veces, lo que para uno es remedio, para otros es veneno y, a veces, lo que se le administra a una misma persona si es el momento oportuno, le sirve de remedio, pero dado en mal momento se convierte en veneno.

21. Vi a un médico torpe que, al humillar a un enfermo que ya estaba profundamente abatido, sólo logró arrojarlo a la desesperación. Y vi a un médico hábil operar un corazón orgulloso con el cuchillo de la humillación y vaciarlo así de toda su infección.

22. Vi al mismo enfermo beber el remedio de la obediencia, tomar el del ejercicio, caminar, privarse del sueño para purificarse de sus manchas y, cuando el ojo de su alma estaba enfermo, permanecer en silencio y en tranquilidad. Quien tenga oídos que escuche.

23. Algunos, no sé por qué — pues no aprendí a entrometerme presuntuosamente en los dones de Dios — de alguna manera, son llevados naturalmente a la temperancia, a la pureza, a la hesychía, a la reserva, a la dulzura o a la compunción. Pero otros, a pesar de la resistencia que les opone su naturaleza con respecto a todo esto, se violentan con todas sus fuerzas; aunque estos últimos cometen, a veces, una falta, los prefiero a los primeros porque se violentan contra su naturaleza.

24. No te glorifiques, hombre, de una riqueza que obtuviste sin trabajo. Pues el Dador, previendo tu gran angustia, tu debilidad y tu ruina, quiso salvarte, al menos en cierta medida, a través de ventajas que, por sí mismas, no merecen recompensa. De la misma manera, la instrucción recibida en la infancia, la educación, los estudios, contribuyen, cuando tenemos más edad, a llevarnos a la virtud y a la vida monástica, o, por lo contrario, a extraviarnos.

25. Los ángeles son una luz para los monjes y la vida monástica una luz para todos los hombres. Que los monjes se esfuercen en llegar a ser buenos modelos en todas las cosas, no dando a nadie ocasión de escándalo en sus obras o en sus palabras. Pues si la luz llega a ser tiniebla, cuánto más oscuras llegarán a ser las mismas tinieblas, quiero decir, los que viven en el mundo (cf. Mt 6:23).

26. Todos los que andáis en la lucha espiritual escuchadme: no es bueno para nosotros dispersarnos y dividir el esfuerzo de nuestra miserable alma para combatir los miles de miles y las miríadas de miríadas de enemigos; pues nuestras fuerzas no bastan para conocer o descubrirlos a todos.

27. Con la ayuda de la Santísima Trinidad, combatamos tres contra tres; si no, nos ocasionaremos penas nosotros mismos.

28. Por cierto, si quien "convirtió el mar en tierra firme" (Sal 65:6) está verdaderamente en nosotros, también nuestro Israel, (quiero decir nuestro espíritu que contempla a Dios), atravesará seguramente este mar al abrigo de las olas y veremos a los egipcios zozobrar en el mar de las lágrimas. Pero si no ha hecho todavía su morada en nosotros, ¿quién podrá "acallar el estruendo de los mares" (Sal 64:8), es decir, de nuestra carne?

29. Si Dios se presenta en nosotros a través de nuestras acciones, sus enemigos serán dispersados y si nos acercamos a Él por medio de la contemplación, los que lo odian huirán ante su faz y la nuestra (cf. Sal 67:2).

30. Esforcémonos por aprender las cosas divinas más por nuestros trabajos y nuestros sudores que por simples palabras; en efecto, en el momento de nuestra muerte, hará falta presentar nuestros actos y no nuestras palabras.

31. Los que escucharon decir que, en alguna parte, hay un tesoro oculto, lo buscan y como pasaron muchos males para encontrarlo no evitan penas para cuidarlo; pero aquellos que se enriquecieron sin trabajo despilfarran fácilmente lo que poseen.

32. Es difícil superar las malas predisposiciones; y los que no cesan de agregar otras nuevas caen en la desesperación o no sacan ningún provecho de la obediencia. Pero yo sé que a Dios todo le es posible y nada le es imposible (cf. Lc 1:37).

33. Un día, se me planteó un problema difícil de resolver y que superaba la capacidad de un hombre como yo; no encontré respuesta en ninguno de los libros que tuve entre las manos. Se me decía: "¿Cuáles son los retoños particulares de los ocho malos pensamientos? O mejor, ¿cuál, entre los tres principales, es la madre de los otros cinco?"

Pero pretextando mi ignorancia, digna de alabanza, respecto a esta dificultad, obtuve la siguiente respuesta de tres santos hombres: "La madre de la lujuria es la gula y la de la apatía es la vanagloria; la tristeza y la cólera también son retoños de las otras tres y la madre del orgullo es la vanagloria."

Como contestación a las palabras de estos hombres dignos de memoria, les supliqué inmediatamente que me dijeran cuáles eran los retoños de estos ocho vicios y de quién nace cada uno. Y estos hombres liberados de las pasiones me instruyeron amablemente: "No hay — me dijeron — ni orden ni razón en estas pasiones irracionales, sino al contrario un desorden y una confusión extrema." Y estos bienaventurados apoyaron sus palabras en ejemplos convincentes y ofrecieron numerosas pruebas; citaremos algunas en este capítulo con el fin de aclarar esto y así poder juzgar el resto.

Así, por ejemplo: el reírse sin ningún motivo a veces es motivado por la lujuria y, a veces, por la vanagloria cuando, sin motivo, uno se glorifica a sí mismo; y a veces también por comer demasiado.

El exceso de sueño proviene ya del exceso de comida, ya del ayuno, cuando los que a ayunan se envanecen de ello, ya de la apatía o incluso de la naturaleza.

La vanagloria y la gula dan origen a la charlatanería. El buen comer y la falta del temor de Dios nos traen apatía.

La blasfemia es hija del orgullo; pero a menudo proviene de los juicios que hacemos del prójimo o de la importuna envidia de los demonios.

El endurecimiento del corazón suele provenir del exceso de comida, de la insensibilidad o de un apego. Y éste, a su vez, es originado por la lujuria, la avaricia, la gula, la vanagloria, o por muchas otras causas.

La malicia proviene del orgullo y de la cólera.

La hipocresía, nace de la propia complacencia y de la libre disposición de sí mismo.

Las virtudes opuestas engendran virtudes opuestas a estos vicios. Pero, sin extenderme sobre el tema — pues me faltaría tiempo si quisiera examinarlas una por una — diré simplemente que el remedio contra todas las pasiones de las que acabamos de hablar es la humildad. Los que alcanzaron esta virtud, vencieron todas las otras.

La voluptuosidad y la malicia engendran todos los vicios. Quien las posee, no verá al Señor; y abstenerse de la primera no aportará ningún beneficio si no se hace lo propio con la segunda.

34. Que el temor que se siente en presencia de los príncipes y de las bestias feroces, sea para nosotros un ejemplo del temor que debemos sentir por el Señor; y que el amor carnal nos sirva de modelo para nuestro deseo de Dios. Nada impide tomar, como ejemplo para las virtudes, aquello que es contrario a ellas.

35. La actual generación está gravemente corrupta, llena de orgullo y de hipocresía. En las tareas corporales, quizás alcanza el nivel de los antiguos padres, pero no es gratificada por sus dones espirituales; y, sin embargo, creo que la naturaleza no tuvo nunca tanta necesidad de dones espirituales como ahora. Pero tenemos lo que merecemos. Pues para manifestarse, Dios no toma en cuenta los trabajos, sino la simplicidad y la humildad. Y si el poder del Señor se muestra en la debilidad (cf. 2 Co 12:9), Él no rechazará, ciertamente, a un trabajador humilde.

36. Cuando vemos a uno de los atletas de Cristo, sumergido en el sufrimiento físico, no nos esforcemos maliciosamente en descubrir la razón de su enfermedad; sino, más bien, con caridad pura y sin malicia, aliviémoslo, considerándolo como un miembro de nuestro propio cuerpo y como un compañero de armas herido en el combate.

37. A veces, la enfermedad tiene por objetivo purificarnos de los pecados y, a veces, humillar nuestro espíritu.

38. A menudo, cuando nuestro Maestro y Señor, bueno y excelente, ve hermanos muy perezosos para la ascesis, humilla su carne con enfermedades, como por una ascesis que no exige demasiado esfuerzo; ésta, a veces, purifica también el alma de los malos pensamientos y de las pasiones.

39. Todo lo visible e invisible que nos ocurre puede ser tomado por nosotros con buena, mala o mediana predisposición. Vi a tres hermanos soportar un disgusto: el primero se enojó, el segundo contuvo su enfado y el tercero recibió una gran alegría.

40. Vi a agricultores sembrar las mismas semillas, pero cada uno con un objetivo particular. Uno pensaba pagar sus deudas, otro deseaba enriquecerse; otro quería honrar al Señor con sus ofrendas; otro deseaba ser alabado por los que pasaban por el camino de la vida; otro quería afligir a su enemigo, que lo envidiaba; otro no quería que los hombres lo acusaran de pereza.

Éstos son los nombres de los granos sembrados por ellos: ayuno, vigilia, limosna, servicio y otras cosas semejantes. Que los hermanos examinen sus objetivos con cuidado.

41. Cuando sacamos agua de la fuente, a veces traemos sin darnos cuenta una rana; de la misma manera, cuando trabajamos para practicar virtudes, buscamos satisfacer vicios que están imperceptiblemente entrelazados con ellas. Por ejemplo, la gula se mezcla con la hospitalidad; la lujuria con el amor; la duplicidad, la lentitud, la pereza, la contradicción, la propia voluntad y la desobediencia, con la dulzura; el desprecio de la enseñanza, con el silencio; el orgullo, con la alegría; la indolencia, con la esperanza; el juicio temerario, con la caridad; la apatía y la tristeza, con la hesychía; la amargura, con la castidad; la libertad de la conducta, con la humildad; y a cada una de las virtudes que encontremos las recubre, como un emplasto, o mejor aún, como un veneno, la vanagloria.

42. No nos aflijamos si debemos preguntar algo al Señor durante mucho tiempo sin ser escuchados. En efecto, al Señor le agradaría que todos los hombres llegaran en un instante a ser impasibles, pero, en su presciencia, ve que no sería útil.

43. A los que piden y no obtienen de Dios el cumplimiento de su pedido, esto les ocurre siempre por una de las siguientes razones: porque su demanda es prematura; o porque está justificada o inspirada por la vanagloria; o porque se enorgullecerían de ser escuchados; o, finalmente, porque se volverían negligentes después de haber obtenido lo que piden.

44. Los demonios y las pasiones se retiran del alma por un tiempo o para siempre: pienso que nadie pone esto en duda, aunque muy pocos saben por qué razón nos dejan.

45. Ocurre que todas las pasiones se retiran de ciertos fieles e, incluso, de ciertos infieles, excepto una sola; y ésta se les deja como el más grande de todos los males que, por sí solo, ocupa el lugar de los otros; es tan permicioso que incluso puede hacer perder el cielo.

46. La materia de las pasiones se destruye con el fuego divino. Y cuando esta materia ha sido radicalmente destruida y nuestra alma se ha purificado, las pasiones se retiran, a menos que las atraigamos nuevamente con una vida sensual y de relajamiento.

47. Los demonios nos dejan voluntariamente para incitarnos a la despreocupación y enseguida arrebatar repentinamente nuestra alma miserable.

48. Conozco otro caso en que estas bestias feroces se retiran: mientras, las pasiones llegan a ser en el alma una costumbre inveterada y casi una segunda naturaleza; esta alma se tiende trampas a sí misma y se hace la guerra. Los niños pequeños nos dan un ejemplo de lo que acabo de decir: en virtud de una costumbre prolongada y privados del seno materno, chupan sus dedos.

49. Incluso vi una quinta manera en la que la impasibilidad se establece en el alma: procediendo de una gran simplicidad y de una inocencia loable. Es justo que Dios venga en ayuda de estas almas, Él, que salva a los que tienen corazón recto (cf. Sal 7:12) y los libera de sus vicios sin que se den cuenta, como niños pequeños a los que se desviste sin que tomen conciencia de ello.

50. No existe ni vicio ni pasión en la naturaleza. Dios no es creador de pasiones. Pero existen en nosotros muchas virtudes naturales que provienen de él, entre ellas la misericordia, pues incluso los paganos son compasivos; la caridad, porque hasta animales sin razón lloran la pérdida de los suyos; la fe, pues la engendramos en nosotros mismos; la esperanza, pues incluso nosotros, los bautizados, prestamos, vendemos y sembramos esperando el más grande beneficio. Sí, como hemos mostrado, el amor es una virtud natural en nosotros y si la caridad es la ley en su plenitud (Rm 13:10), entonces las virtudes no están alejadas de la naturaleza. Que se ruboricen los que pretextan su impotencia para practicarlas.

51. Por encima de la naturaleza están la castidad, la ausencia de cólera, la humildad, la oración, las vigilias, el ayuno y la compunción continua. Algunas de esas virtudes nos las enseñan los hombres; otras, los ángeles; otras, el Maestro y el Dador que es el Verbo de Dios.

52. En presencia de dos males, debemos elegir el menor. Por ejemplo, a menudo ocurre que mientras estamos en oración, vienen hermanos a buscarnos; estamos entonces en esta alternativa: interrumpir nuestra oración o entristecer a nuestro hermano, despidiéndolo sin responderle. Pero la caridad es más grande que la oración; la oración es una virtud particular, en tanto que el amor contiene todas las virtudes.

53. Un día, hace tiempo, cuando todavía era joven, llegué a un pueblo y, al sentarme a la mesa, fui asaltado al mismo tiempo por la tentación de la gula y de la vanagloria. Rechacé la gula y preferí ceder a la vanagloria. Y esto no es sorprendente. Para la gente del mundo, la raíz de todos los vicios es el amor por el dinero; pero, entre los monjes, es la gula.

54. Por una disposición providencial, Dios deja a menudo entre los espirituales ciertas pasiones de poca consecuencia para que, al reprobarse a sí mismos sin miramientos por esas imperfecciones que no implican pecado, puedan obtener el tesoro inviolable de la humildad.

55. Para los que no vivieron desde el principio en la obediencia, es imposible obtener humildad. Cualquiera puede aprender un arte si no deja que su fantasía se ilusione.

56. Los padres hacen que la vida activa consista en dos virtudes muy generales. Y con razón. Pues la primera destruye la sensualidad y la segunda asegura esta destrucción a través de la humanidad. Y, por eso, la aflicción también tiene un doble efecto: destruye el pecado y engendra la humildad.

57. Los hombres piadosos otorgan a todos lo que les piden; los que son muy piadosos dan incluso a los que no piden; pero lo propio de los que alcanzaron la impasibilidad es no reclamar algo a quien lo ha tomado.

58. No cesemos jamás de examinarnos acerca de todas nuestras pasiones y nuestras virtudes. ¿Dónde nos encontramos? ¿En el comienzo, en la mitad o al final?

59. Todos los combates que libramos con los demonios provienen de estas tres causas: amor al placer, orgullo o envidia de los demonios. Estos últimos son combates bienaventurados; los segundos son miserables y los primeros no otorgan jamás ningún beneficio.

60. Existe cierto sentimiento o, mejor aún, cierta predisposición interior que se llama fuerza del alma; quien está animado por ella no temerá jamás la pena, ni la extraviará. Debido a esta gloriosa inclinación, las almas de los mártires despreciaron fácilmente sus torturas.

Continuação...

 

 

 

 

 

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