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Vigésimo
Sexto Escalón: del Discernimiento - Parte 1
1. En los principiantes, el discernimiento es un conocimiento
verdadero de sí mismos; en los que progresan es un
sentido espiritual que distingue sin error el bien verdadero
del bien solamente natural (o de su opuesto); en los perfectos,
es una ciencia que proviene de una iluminación divina
y que puede aclarar con su luz lo que está oscuro
para los otros.
O de una manera general, quizás el discernimiento
es y se define como la percepción cierta de la voluntad
de Dios en toda ocasión, en todo lugar y en toda
circunstancia; se encuentra solamente en los que son puros
de corazón, de cuerpo y de boca.
El discernimiento es una conciencia sin mancha y una sensibilidad
purificada.
2. Quien destruyó piadosamente en sí mismo
las tres pasiones, destruyó también las cinco;
pues el que es negligente en lo que concierne a las primera
no vencerá ninguna.
3. Que nadie caiga en la incredulidad por ignorancia, al
escuchar o ver cosas que sobrepasan la naturaleza de la
vida monástica; pues allí donde habita Dios,
que está por encima de la naturaleza, ocurren muchas
cosas que sobrepasan la naturaleza.
4. Hay tres causas generales en todos los combates que libran
con nosotros los demonios: la negligencia, el orgullo y
la envidia de los demonios. La primera es deplorable; la
segunda, muy miserable; pero la tercera es una bendición.
5. Que, después de Dios, nuestra conciencia sea nuestra
dirección y nuestra regla en todo para que, sabiendo
de dónde sopla el viento, podamos tender nuestras
velas, en consecuencia.
6. En todo lo que hacemos según Dios, los demonios
cavan para nosotros tres precipicios: al principio se esfuerzan
para impedir que obremos el bien; en segundo lugar, después
de su primera derrota, intentan hacer lo que río
es según Dios; y cuando fracasaron también
en esto, estos ladrones se presentan dulcemente en nuestra
alma y nos felicitan por vivir en todo según Dios.
Es necesario combatir el primero con el celo y el temor
de la muerte; el segundo, con la sumisión y las humillaciones
y el tercero, condenándose a sí mismo sin
descanso. Debemos hacer frente a este trabajo hasta que
el fuego divino penetre en nuestro santuario; entonces ya
no estaremos determinados por malas predisposiciones. "Pues
nuestro Dios es fuego devorador" (Hb 12:29), que consume
toda fiebre de lujuria, todo movimiento de pasión,
toda mala predisposición, todo envejecimiento y toda
oscuridad interior y exterior, visible e invisible.
7. Los demonios generalmente producen lo contrario de lo
que acaba de decirse. Cuando toman posesión del alma
y apagan la luz del espíritu, no existe más
en nosotros, pobres miserables, ni sobriedad, ni discernimiento,
ni conocimiento propio, ni vergüenza; sino endurecimiento,
insensibilidad, falta de discernimiento y ceguera.
8. Lo que acabamos de decir es claramente conocido por los
que dominaron la lujuria, reprimieron su libertad de conducta
y de lenguaje y pasaron del impudor a la modestia. Saben
cuánta vergüenza propia sienten interiormente
cuando su espíritu deja de estar embriagado y se
cura de su endurecimiento, o mejor aún de su ceguera,
y cuánta vergüenza por lo que dijeron e hicieron
cuando vivían enceguecidos.
9. Si la claridad de nuestra alma no comienza por el ensombrecimiento
y las tinieblas, los ladrones no vendrán a robarla,
matarla y arruinarla. El robo es la pérdida de su
riqueza; el robo es hacer lo que no está bien como
si estuviera bien; el robo es el alma que está cautiva
sin saberlo. El asesinato del alma es la muerte del espíritu
razonable que cae en acciones infames. La ruina es la desesperación
después de la transgresión.
10. Que nadie dé como pretexto su impotencia para
observar los preceptos del Evangelio, porque hay almas que
cumplieron más que los preceptos. Se convencerán
con el ejemplo de quien amó a su prójimo más
que a sí mismo y que dio su vida por él, aunque
hayan recibido el mandato del Señor.
11. Que tengan ánimo los que soportaron la humillación
de estar sometidos a las pasiones. Incluso si caen en todos
los precipicios, si se dejan capturar en todas las trampas
o si son alcanzados por todas las enfermedades, cuando recobran
la salud, llegan a ser médicos, faros, lámparas
y pilotos para todos, enseñando los síntomas
de cada enfermedad; su propia experiencia los vuelve capaces
de impedir a los otros que caigan.
12. Si algunos todavía están tiranizados por
sus antiguas predisposiciones malas y pueden, sin embargo,
enseñar a los demás por medio de la palabra,
simplemente que enseñen, pero que no les den órdenes.
Pues podrá ocurrir que, confundidos por sus propias
palabras, se pongan a practicar lo que enseñan y
les ocurrirá lo que vi que se producía con
los que se habían hundido en un pantano. Zambullidos
en el fango como estaban, enseñaban a los que pasaban
cómo se habían atascado, explicándoselo
para su salvación, para que no cayeran ellos también
de la misma manera. Y a causa de procurar la salvación
de los otros, Dios todopoderoso los liberará también
a ellos del barro. Pero los que están dominados por
sus pasiones y se arrojan voluntariamente a los placeres,
que enseñen solamente con su silencio, pues está
escrito que "Jesús hizo y enseñó
desde un principio" (Hch 1:1).
13. Peligroso, verdaderamente peligroso, es este mar que
atravesamos nosotros, humildes monjes. Es un mar pleno de
tempestades, de escollos, de torbellinos, de piratas, de
tomados, de bajíos, de monstruos y de olas. El escollo
para el alma es la cólera violenta y repentina. El
torbellino es la angustia que se apodera del espíritu
y se esfuerza en arrastrarlo al abismo de la desesperación.
El bajío es la ignorancia que toma el mal por el
bien. El monstruo es ese cuerpo pesado y salvaje. Los piratas
son los más peligrosos proveedores de vanagloria
que roban nuestro cargamento de virtudes laboriosamente
adquiridas. La ola es un vientre hinchado y cargado que
nos deja librados a los animales agresivos y salvajes. El
tornado es el orgullo que, después de habernos elevado
al cielo, nos hace descender al fondo del abismo.
14. Todos los que enseñan las letras saben qué
estudios convienen a los principiantes, a los que progresan
y a los maestros. Prestemos atención, no ocurra que
después de haber estudiado por mucho tiempo, estemos
todavía sólo en las lecciones de los principiantes.
Pues es una gran vergüenza ver a un viejo ir a la escuela
con niños.
Un excelente alfabeto que conviene a todos es éste:
obediencia, humildad, cilicio, cenizas, lágrimas,
confesión, silencio, humildad, vigilias, coraje,
frío, fatiga, pena, humillación, contrición,
olvido de las ofensas, amor fraternal, dulzura, fe simple
y sin afectación, despreocupación por las
cosas del mundo, ausencia de odio hacia los parientes, desprendimiento,
simplicidad inocente, abyección voluntaria.
Un buen programa y una materia de examen para los que están
avanzados: la fuga de la vanagloria, la ausencia de cólera,
la firme esperanza, la hesychía, el discernimiento,
el constante recuerdo del juicio, la compasión, la
hospitalidad, la moderación en los reproches, la
oración en la impasibilidad, el desprendimiento del
dinero.
Y un modelo, una regla y una ley para los que están
en la carne, pero tienden piadosamente a la perfección
del espíritu y del cuerpo: un corazón liberado
de todo cautiverio, la perfecta caridad, la fuente de la
humildad, la elevación del espíritu, la presencia
interior de Cristo, la luz asegurada en la oración,
abundancia de iluminación divina, el deseo de la
muerte, el odio por la vida, la huida del cuerpo, la intercesión
por el mundo, la violencia hecha a Dios, la concelebración
con los ángeles, el abismo de la ciencia, la residencia
en los misterios, el cuidado de los secretos inefables,
el salvador de los hombres, el Dios de los demonios, el
señor de las pasiones, el señor del cuerpo,
el superior de la naturaleza, la huida del pecado, la morada
de la impasibilidad, el imitador del Señor, con la
ayuda del Maestro.
15. Debemos dar prueba de una gran sobriedad espiritual
cuando el cuerpo está enfermo. Nos vemos extendidos
en la tierra y somos incapaces temporariamente de sostener
la lucha contra los demonios a causa de nuestra debilidad,
y ellos, entonces, se esfuerzan en atacarnos con violencia.
En torno de los que viven en el mundo, cuando están
enfermos, rueda el demonio de la cólera y a veces
el de la blasfemia; en cuanto a los que viven fuera del
mundo, si tienen abundancia de lo que necesitan, el demonio
de la gula y el demonio de la lujuria los atacan; pero los
que viven en lugares ascéticos y privados de consuelo,
tienen la compañía del demonio tiránico
de la amargura y de la tristeza.
16. Yo remarqué que el demonio de la lujuria agregaba
enfermedades a los dolores y en los dolores del alma ocasionaba
movimientos de la carne y de profanación, y era sorprendente
ver cómo se rebelaba y ardía en medio de violentos
sufrimientos. También observé que algunos,
extendidos en su cama, estaban reconfortados por el poder
de Dios o por un sentimiento de compunción; gracias
a este consuelo, dejaban a un lado el dolor y llegaban a
una disposición del espíritu tal que no deseaban
ser liberados de su enfermedad. Y observando esto atentamente,
vi a otros que sufrían cruelmente y que, a través
de esta enfermedad, eran liberados de las pasiones del alma
como a través del cumplimiento de una penitencia,
y glorifiqué al que purificaba la arcilla con la
arcilla.
17. Un intelecto espiritual siempre está revestido
de una sensibilidad espiritual. Como está en nosotros
y, al mismo tiempo no está, jamás debemos
cesar de buscarla. Y cuando aparece, los sentidos exteriores
cesan por sí mismos su actividad. Sabía esto
el sabio que dijo: "Entonces descubrirás un
sentido divino."
18. La vida monástica debe ser vivida con un profundo
sentimiento del corazón, que anime las acciones,
las palabras, los pensamientos y los movimientos. Caso contrario,
no será una vida monástica y todavía
menos una vida angélica.
19. Una cosa es la providencia de Dios; otra, su ayuda;
otra, su protección; otra, su misericordia; y otra,
su consuelo. La providencia de Dios aparece en toda la creación;
su ayuda, en aquellos que tienen una fe activa; su misericordia,
en sus servidores; y su consuelo, en los que lo aman.
20. A veces, lo que para uno es remedio, para otros es veneno
y, a veces, lo que se le administra a una misma persona
si es el momento oportuno, le sirve de remedio, pero dado
en mal momento se convierte en veneno.
21. Vi a un médico torpe que, al humillar a un enfermo
que ya estaba profundamente abatido, sólo logró
arrojarlo a la desesperación. Y vi a un médico
hábil operar un corazón orgulloso con el cuchillo
de la humillación y vaciarlo así de toda su
infección.
22. Vi al mismo enfermo beber el remedio de la obediencia,
tomar el del ejercicio, caminar, privarse del sueño
para purificarse de sus manchas y, cuando el ojo de su alma
estaba enfermo, permanecer en silencio y en tranquilidad.
Quien tenga oídos que escuche.
23. Algunos, no sé por qué — pues no
aprendí a entrometerme presuntuosamente en los dones
de Dios — de alguna manera, son llevados naturalmente
a la temperancia, a la pureza, a la hesychía, a la
reserva, a la dulzura o a la compunción. Pero otros,
a pesar de la resistencia que les opone su naturaleza con
respecto a todo esto, se violentan con todas sus fuerzas;
aunque estos últimos cometen, a veces, una falta,
los prefiero a los primeros porque se violentan contra su
naturaleza.
24. No te glorifiques, hombre, de una riqueza que obtuviste
sin trabajo. Pues el Dador, previendo tu gran angustia,
tu debilidad y tu ruina, quiso salvarte, al menos en cierta
medida, a través de ventajas que, por sí mismas,
no merecen recompensa. De la misma manera, la instrucción
recibida en la infancia, la educación, los estudios,
contribuyen, cuando tenemos más edad, a llevarnos
a la virtud y a la vida monástica, o, por lo contrario,
a extraviarnos.
25. Los ángeles son una luz para los monjes y la
vida monástica una luz para todos los hombres. Que
los monjes se esfuercen en llegar a ser buenos modelos en
todas las cosas, no dando a nadie ocasión de escándalo
en sus obras o en sus palabras. Pues si la luz llega a ser
tiniebla, cuánto más oscuras llegarán
a ser las mismas tinieblas, quiero decir, los que viven
en el mundo (cf. Mt 6:23).
26. Todos los que andáis en la lucha espiritual escuchadme:
no es bueno para nosotros dispersarnos y dividir el esfuerzo
de nuestra miserable alma para combatir los miles de miles
y las miríadas de miríadas de enemigos; pues
nuestras fuerzas no bastan para conocer o descubrirlos a
todos.
27. Con la ayuda de la Santísima Trinidad, combatamos
tres contra tres; si no, nos ocasionaremos penas nosotros
mismos.
28. Por cierto, si quien "convirtió el mar en
tierra firme" (Sal 65:6) está verdaderamente
en nosotros, también nuestro Israel, (quiero decir
nuestro espíritu que contempla a Dios), atravesará
seguramente este mar al abrigo de las olas y veremos a los
egipcios zozobrar en el mar de las lágrimas. Pero
si no ha hecho todavía su morada en nosotros, ¿quién
podrá "acallar el estruendo de los mares"
(Sal 64:8), es decir, de nuestra carne?
29. Si Dios se presenta en nosotros a través de nuestras
acciones, sus enemigos serán dispersados y si nos
acercamos a Él por medio de la contemplación,
los que lo odian huirán ante su faz y la nuestra
(cf. Sal 67:2).
30. Esforcémonos por aprender las cosas divinas más
por nuestros trabajos y nuestros sudores que por simples
palabras; en efecto, en el momento de nuestra muerte, hará
falta presentar nuestros actos y no nuestras palabras.
31. Los que escucharon decir que, en alguna parte, hay un
tesoro oculto, lo buscan y como pasaron muchos males para
encontrarlo no evitan penas para cuidarlo; pero aquellos
que se enriquecieron sin trabajo despilfarran fácilmente
lo que poseen.
32. Es difícil superar las malas predisposiciones;
y los que no cesan de agregar otras nuevas caen en la desesperación
o no sacan ningún provecho de la obediencia. Pero
yo sé que a Dios todo le es posible y nada le es
imposible (cf. Lc 1:37).
33. Un día, se me planteó un problema difícil
de resolver y que superaba la capacidad de un hombre como
yo; no encontré respuesta en ninguno de los libros
que tuve entre las manos. Se me decía: "¿Cuáles
son los retoños particulares de los ocho malos pensamientos?
O mejor, ¿cuál, entre los tres principales,
es la madre de los otros cinco?"
Pero pretextando mi ignorancia, digna de alabanza, respecto
a esta dificultad, obtuve la siguiente respuesta de tres
santos hombres: "La madre de la lujuria es la gula
y la de la apatía es la vanagloria; la tristeza y
la cólera también son retoños de las
otras tres y la madre del orgullo es la vanagloria."
Como contestación a las palabras de estos hombres
dignos de memoria, les supliqué inmediatamente que
me dijeran cuáles eran los retoños de estos
ocho vicios y de quién nace cada uno. Y estos hombres
liberados de las pasiones me instruyeron amablemente: "No
hay — me dijeron — ni orden ni razón
en estas pasiones irracionales, sino al contrario un desorden
y una confusión extrema." Y estos bienaventurados
apoyaron sus palabras en ejemplos convincentes y ofrecieron
numerosas pruebas; citaremos algunas en este capítulo
con el fin de aclarar esto y así poder juzgar el
resto.
Así, por ejemplo: el reírse sin ningún
motivo a veces es motivado por la lujuria y, a veces, por
la vanagloria cuando, sin motivo, uno se glorifica a sí
mismo; y a veces también por comer demasiado.
El exceso de sueño proviene ya del exceso de comida,
ya del ayuno, cuando los que a ayunan se envanecen de ello,
ya de la apatía o incluso de la naturaleza.
La vanagloria y la gula dan origen a la charlatanería.
El buen comer y la falta del temor de Dios nos traen apatía.
La blasfemia es hija del orgullo; pero a menudo proviene
de los juicios que hacemos del prójimo o de la importuna
envidia de los demonios.
El endurecimiento del corazón suele provenir del
exceso de comida, de la insensibilidad o de un apego. Y
éste, a su vez, es originado por la lujuria, la avaricia,
la gula, la vanagloria, o por muchas otras causas.
La malicia proviene del orgullo y de la cólera.
La hipocresía, nace de la propia complacencia y de
la libre disposición de sí mismo.
Las virtudes opuestas engendran virtudes opuestas a estos
vicios. Pero, sin extenderme sobre el tema — pues
me faltaría tiempo si quisiera examinarlas una por
una — diré simplemente que el remedio contra
todas las pasiones de las que acabamos de hablar es la humildad.
Los que alcanzaron esta virtud, vencieron todas las otras.
La voluptuosidad y la malicia engendran todos los vicios.
Quien las posee, no verá al Señor; y abstenerse
de la primera no aportará ningún beneficio
si no se hace lo propio con la segunda.
34. Que el temor que se siente en presencia de los príncipes
y de las bestias feroces, sea para nosotros un ejemplo del
temor que debemos sentir por el Señor; y que el amor
carnal nos sirva de modelo para nuestro deseo de Dios. Nada
impide tomar, como ejemplo para las virtudes, aquello que
es contrario a ellas.
35. La actual generación está gravemente corrupta,
llena de orgullo y de hipocresía. En las tareas corporales,
quizás alcanza el nivel de los antiguos padres, pero
no es gratificada por sus dones espirituales; y, sin embargo,
creo que la naturaleza no tuvo nunca tanta necesidad de
dones espirituales como ahora. Pero tenemos lo que merecemos.
Pues para manifestarse, Dios no toma en cuenta los trabajos,
sino la simplicidad y la humildad. Y si el poder del Señor
se muestra en la debilidad (cf. 2 Co 12:9), Él no
rechazará, ciertamente, a un trabajador humilde.
36. Cuando vemos a uno de los atletas de Cristo, sumergido
en el sufrimiento físico, no nos esforcemos maliciosamente
en descubrir la razón de su enfermedad; sino, más
bien, con caridad pura y sin malicia, aliviémoslo,
considerándolo como un miembro de nuestro propio
cuerpo y como un compañero de armas herido en el
combate.
37. A veces, la enfermedad tiene por objetivo purificarnos
de los pecados y, a veces, humillar nuestro espíritu.
38. A menudo, cuando nuestro Maestro y Señor, bueno
y excelente, ve hermanos muy perezosos para la ascesis,
humilla su carne con enfermedades, como por una ascesis
que no exige demasiado esfuerzo; ésta, a veces, purifica
también el alma de los malos pensamientos y de las
pasiones.
39. Todo lo visible e invisible que nos ocurre puede ser
tomado por nosotros con buena, mala o mediana predisposición.
Vi a tres hermanos soportar un disgusto: el primero se enojó,
el segundo contuvo su enfado y el tercero recibió
una gran alegría.
40. Vi a agricultores sembrar las mismas semillas, pero
cada uno con un objetivo particular. Uno pensaba pagar sus
deudas, otro deseaba enriquecerse; otro quería honrar
al Señor con sus ofrendas; otro deseaba ser alabado
por los que pasaban por el camino de la vida; otro quería
afligir a su enemigo, que lo envidiaba; otro no quería
que los hombres lo acusaran de pereza.
Éstos son los nombres de los granos sembrados por
ellos: ayuno, vigilia, limosna, servicio y otras cosas semejantes.
Que los hermanos examinen sus objetivos con cuidado.
41. Cuando sacamos agua de la fuente, a veces traemos sin
darnos cuenta una rana; de la misma manera, cuando trabajamos
para practicar virtudes, buscamos satisfacer vicios que
están imperceptiblemente entrelazados con ellas.
Por ejemplo, la gula se mezcla con la hospitalidad; la lujuria
con el amor; la duplicidad, la lentitud, la pereza, la contradicción,
la propia voluntad y la desobediencia, con la dulzura; el
desprecio de la enseñanza, con el silencio; el orgullo,
con la alegría; la indolencia, con la esperanza;
el juicio temerario, con la caridad; la apatía y
la tristeza, con la hesychía; la amargura, con la
castidad; la libertad de la conducta, con la humildad; y
a cada una de las virtudes que encontremos las recubre,
como un emplasto, o mejor aún, como un veneno, la
vanagloria.
42. No nos aflijamos si debemos preguntar algo al Señor
durante mucho tiempo sin ser escuchados. En efecto, al Señor
le agradaría que todos los hombres llegaran en un
instante a ser impasibles, pero, en su presciencia, ve que
no sería útil.
43. A los que piden y no obtienen de Dios el cumplimiento
de su pedido, esto les ocurre siempre por una de las siguientes
razones: porque su demanda es prematura; o porque está
justificada o inspirada por la vanagloria; o porque se enorgullecerían
de ser escuchados; o, finalmente, porque se volverían
negligentes después de haber obtenido lo que piden.
44. Los demonios y las pasiones se retiran del alma por
un tiempo o para siempre: pienso que nadie pone esto en
duda, aunque muy pocos saben por qué razón
nos dejan.
45. Ocurre que todas las pasiones se retiran de ciertos
fieles e, incluso, de ciertos infieles, excepto una sola;
y ésta se les deja como el más grande de todos
los males que, por sí solo, ocupa el lugar de los
otros; es tan permicioso que incluso puede hacer perder
el cielo.
46. La materia de las pasiones se destruye con el fuego
divino. Y cuando esta materia ha sido radicalmente destruida
y nuestra alma se ha purificado, las pasiones se retiran,
a menos que las atraigamos nuevamente con una vida sensual
y de relajamiento.
47. Los demonios nos dejan voluntariamente para incitarnos
a la despreocupación y enseguida arrebatar repentinamente
nuestra alma miserable.
48. Conozco otro caso en que estas bestias feroces se retiran:
mientras, las pasiones llegan a ser en el alma una costumbre
inveterada y casi una segunda naturaleza; esta alma se tiende
trampas a sí misma y se hace la guerra. Los niños
pequeños nos dan un ejemplo de lo que acabo de decir:
en virtud de una costumbre prolongada y privados del seno
materno, chupan sus dedos.
49. Incluso vi una quinta manera en la que la impasibilidad
se establece en el alma: procediendo de una gran simplicidad
y de una inocencia loable. Es justo que Dios venga en ayuda
de estas almas, Él, que salva a los que tienen corazón
recto (cf. Sal 7:12) y los libera de sus vicios sin que
se den cuenta, como niños pequeños a los que
se desviste sin que tomen conciencia de ello.
50. No existe ni vicio ni pasión en la naturaleza.
Dios no es creador de pasiones. Pero existen en nosotros
muchas virtudes naturales que provienen de él, entre
ellas la misericordia, pues incluso los paganos son compasivos;
la caridad, porque hasta animales sin razón lloran
la pérdida de los suyos; la fe, pues la engendramos
en nosotros mismos; la esperanza, pues incluso nosotros,
los bautizados, prestamos, vendemos y sembramos esperando
el más grande beneficio. Sí, como hemos mostrado,
el amor es una virtud natural en nosotros y si la caridad
es la ley en su plenitud (Rm 13:10), entonces las virtudes
no están alejadas de la naturaleza. Que se ruboricen
los que pretextan su impotencia para practicarlas.
51. Por encima de la naturaleza están la castidad,
la ausencia de cólera, la humildad, la oración,
las vigilias, el ayuno y la compunción continua.
Algunas de esas virtudes nos las enseñan los hombres;
otras, los ángeles; otras, el Maestro y el Dador
que es el Verbo de Dios.
52. En presencia de dos males, debemos elegir el menor.
Por ejemplo, a menudo ocurre que mientras estamos en oración,
vienen hermanos a buscarnos; estamos entonces en esta alternativa:
interrumpir nuestra oración o entristecer a nuestro
hermano, despidiéndolo sin responderle. Pero la caridad
es más grande que la oración; la oración
es una virtud particular, en tanto que el amor contiene
todas las virtudes.
53. Un día, hace tiempo, cuando todavía era
joven, llegué a un pueblo y, al sentarme a la mesa,
fui asaltado al mismo tiempo por la tentación de
la gula y de la vanagloria. Rechacé la gula y preferí
ceder a la vanagloria. Y esto no es sorprendente. Para la
gente del mundo, la raíz de todos los vicios es el
amor por el dinero; pero, entre los monjes, es la gula.
54. Por una disposición providencial, Dios deja a
menudo entre los espirituales ciertas pasiones de poca consecuencia
para que, al reprobarse a sí mismos sin miramientos
por esas imperfecciones que no implican pecado, puedan obtener
el tesoro inviolable de la humildad.
55. Para los que no vivieron desde el principio en la obediencia,
es imposible obtener humildad. Cualquiera puede aprender
un arte si no deja que su fantasía se ilusione.
56. Los padres hacen que la vida activa consista en dos
virtudes muy generales. Y con razón. Pues la primera
destruye la sensualidad y la segunda asegura esta destrucción
a través de la humanidad. Y, por eso, la aflicción
también tiene un doble efecto: destruye el pecado
y engendra la humildad.
57. Los hombres piadosos otorgan a todos lo que les piden;
los que son muy piadosos dan incluso a los que no piden;
pero lo propio de los que alcanzaron la impasibilidad es
no reclamar algo a quien lo ha tomado.
58. No cesemos jamás de examinarnos acerca de todas
nuestras pasiones y nuestras virtudes. ¿Dónde
nos encontramos? ¿En el comienzo, en la mitad o al
final?
59. Todos los combates que libramos con los demonios provienen
de estas tres causas: amor al placer, orgullo o envidia
de los demonios. Estos últimos son combates bienaventurados;
los segundos son miserables y los primeros no otorgan jamás
ningún beneficio.
60. Existe cierto sentimiento o, mejor aún, cierta
predisposición interior que se llama fuerza del alma;
quien está animado por ella no temerá jamás
la pena, ni la extraviará. Debido a esta gloriosa
inclinación, las almas de los mártires despreciaron
fácilmente sus torturas.
Continuação...
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As
prósforas são utilizadas na Liturgia Bizantina de
onde é retirado o Cordeiro ofertado na Eucaristia, elaborado
com levedura e preparado sempre por um(a) fiél ortodoxo(a)
segundo uma fórmula específica de acordo com a Tradição
da Igreja
Turibulo usado na liturgia bizantina

S. Serafim Vyritzkiy

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