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Décimo
Quinto Escalón: de la Castidad
1. Ya hemos visto que la concupiscencia era uno de los
hijos de la gula. Un ejemplo lo tenemos en nuestro padre,
el viejo Adán, que al no conocer la gula no conocía
de modo lujurioso a su mujer Eva. Éste es el
motivo por el cual los que observan el primer mandamiento
de la abstinencia, no suelen quebrantar el segundo y
permanecen como hijos de Adán (antes de su caída);
son un poco menos que ángeles, ya que no son
inmortales como ellos.
2. La castidad nos aproxima a la naturaleza incorpórea
de los ángeles. La castidad es el aposento de
Cristo. La castidad es escudo celestial del corazón.
La castidad es abnegación de la naturaleza humana
y vuelo maravilloso del cuerpo mental y corruptible
hacia lo inmortal e incorruptible. Casto es el que con
un amor venció otro amor; el que, con el fuego
del espíritu, venció al de la carne.
3. Abstinencia es un término general que se aplica
a todas las virtudes, porque toda virtud se puede llamar
abstinencia y freno del vicio opuesto. Casto es el que
ni en sueños altera de algún modo su estado,
y el que permanece insensible a la presencia de cualquier
cuerpo o figura.
4. Esto rige la perfecta castidad: debemos mirar, con
la misma simplicidad, tanto los cuerpos animados como
los inanimados, tanto los racionales como los irracionales.
5. El que trabaja por alcanzar la castidad no debe pensar
que lo logrará con su propio esfuerzo (nadie
vence su propia naturaleza). Sólo con la ayuda
de Él lo logrará, pues es sabido que lo
débil es vencido por lo más fuerte.
6. El comienzo de la castidad reside en no permitirse
ciertos pensamientos; de este modo, al sufrir de tiempo
en tiempo poluciones, éstas no estarán
acompañadas de imágenes. El fin es mantener
controlados los movimientos sensuales.
7. No es casto solamente el que se conservó limpio
del lodo de la carne, sino, mucho más, el que
dominó sus miembros con la voluntad de su espíritu.
8. Feliz es aquel cuyo corazón no se altera ante
la contemplación de ningún cuerpo ni belleza.
9. Feliz el que, por el amor y la contemplación
de las bellezas celestiales, vence los peligros de las
imágenes captadas por sus ojos.
10. El que rechaza este vicio con la oración,
se asemeja al que combate contra un león; aquel
que lo domina con el arrepentimiento, se parece al que
aún persigue a su enemigo; pero aquel que definitivamente
desarmó y aniquiló el ímpetu de
esta pasión, aunque esté con vida, es
como si ya hubiera resucitado de su tumba.
11. Así como es una característica de
verdadera castidad no padecer ni en sueños movimientos
sensuales, es ciertamente característico de la
sensualidad de nuestro espíritu, sufrir poluciones
estando despierto.
12. El que combate este adversario con sudores y trabajos
se asemeja al que derriba a su enemigo con una honda;
el que lucha con abstinencias y vigilias lo hiere con
una maza; pero el que pelea con humildad, mortificando
su ira y deseando los bienes celestiales, se asemeja
al que mata a su enemigo y lo entierra bajo la arena.
Por arena entiendo la humildad, que vence de tal forma
que no da lugar a vanagloriarse después de la
victoria, pues demuestra al hombre que es polvo y ceniza.
13. Así algunos tienen preso a este vicio con
las cadenas de trabajos, otros con profunda humildad,
otros con la luz celestial. A los primeros podemos compararlos
con el lucero de la mañana, a los segundos con
la luna llena y a los terceros con el sol de mediodía
y cada uno tiene su lugar en el cielo. A la aurora sucede
la luz y con ésta se eleva el sol. Reflexionando
veremos cómo podemos aplicar esto a lo que hemos
dicho.
14. La raposa se hace la dormida para cazar el pájaro,
y el demonio nos permite fingir caridad para que luego,
confiados, caigamos.
15. No te fíes de ti mismo antes de haber comparecido
ante Cristo.
16. No confíes en que la virtud de tu ayuno pueda
impedir tu caída, porque tampoco comía
el que fue precipitado del cielo a los abismos.
17. Ciertos doctos varones definen así a la renunciación;
es lucha perpetua contra el cuerpo y contra la gula.
18. La caída de los principiantes sucede por
su entrega a los deleites y por el buen trato que prodigan
a sus cuerpos. Los que algo han progresado caen por
la soberbia de su espíritu. Mas los que se aproximan
a la perfección, si caen, lo hacen por juzgar
a los otros.
19. Algunos proclaman bienaventurados a los eunucos,
porque estos están libres de la tiranía
de la carne; pero yo proclamo bienaventurados a los
que se hicieron ellos mismos eunucos con el trabajo
de cada día, pues ellos se castraron con el cuchillo
de la razón.
20. Vi algunos que cayeron vencidos más por la
pasión que por voluntad (aunque no pudo faltar
voluntad si hubo culpa). Vi otros que voluntariamente
querían caer — para mí más
miserables que los que caen cada día —
, y que habían llegado a tal estado que no querían
desprenderse del vicio.
21. Miserable es el que cae, pero lo es más el
que causa la caída de otro, porque éste
lleva su carga y la ajena.
22. No esperes vencer al demonio de la fornicación
discutiendo con él, ya que nuestra misma naturaleza
lo ayuda en la disputa.
23. Presume en vano el que dice que por sí mismo
vence su carne, pues si el Señor no destruye
la morada de la carne y edifica la del espíritu,
en vano se ayuna y en vano se vela.
24. Presenta ante el Señor tu flaqueza; reconoce
tu miseria y así recibirás el don de la
castidad.
25. Los lujuriosos sienten perpetuo apetito de gozos
corporales. Así me lo confió un hombre,
el cual había experimentado tanto la sensación
de amor por los cuerpos como ese espíritu impúdico
que se instala de manera manifiesta en el corazón
haciéndole padecer dolor y tormento. También
logra que el hombre no tema a Dios, que desprecie la
evocación de los tormentos eternos y que aborrezca
la oración, privándole así del
uso de la razón por la fuerza de la concupiscencia.
Y si Dios no disminuyera la fuerza y abreviara los días
de este demonio, no lograrán escapar de él
los humanos.
Esto no nos debe asombrar, ya que todas las cosas creadas
desean unirse a su semejante: la sangre desea la sangre,
el gusano al gusano, el barro al barro y la carne a
la carne. Así los monjes, luchando contra la
naturaleza, pretendemos alcanzar el reino de los cielos
con mañas, diligencia y gracias, y engañar
y vencer a nuestro embaucador. ¡Bienaventurados
los que no han experimentado ese tipo de batalla!
Debemos suplicar a nuestro señor que nos libre
de caer por este despeñadero, ya que aquellos
que por él cayeron están muy lejos del
borde, y los que desean ascender pasan por muchos dolores,
aflicciones y trabajos, hambre y sed.
26. Así como en las batallas no todos pelean
con las mismas armas, así también los
enemigos de nuestro espíritu tienen su manera
de luchar, su oficio y su puerta de entrada.
27. Hay tentaciones más fuertes que otras, pero,
si no se reparan y se hace penitencia por las menores,
pronto se caerá en las mayores.
28. Es costumbre del demonio atacar con todo ímpetu
y malicia a quienes, viviendo la vida monástica,
están en medio de la batalla. Les tienta, entonces,
con vicios contrarios a la naturaleza, ignorando, el
muy miserable, que no estarán libres aun cuando
viesen mujeres, pues donde hay mayor caída no
es necesaria la menor.
29. Así acomete este demonio; en primer lugar,
porque la tentación está más a
mano, y en segundo lugar porque la caída, al
ser más grave, es merecedora de mayor castigo.
Ejemplo tenemos en aquel joven que, como leemos en la
vida de los Padres, llegó a tan alto grado de
virtud que mandaba a los asnos y les hacía servir,
y a quien San Antonio comparó a un navío
cargado de ricas mercancías en medio de un mar
infinito. Este mozo, sin embargo, cayó miserablemente,
y llorando sus pecados dijo a unos monjes que pasaban:
"Decidle a San Antonio que ruegue a Dios me conceda
diez días de penitencia." Cuando oyó
esto, el santo varón lloró y dijo: "Una
gran columna de la iglesia ha caído hoy."
Así, el que mandaba las bestias, fue burlado
y derribado. San Antonio no quiso aclarar el motivo
a su caída; él sabía que uno puede
pecar corporalmente sin tocar otro cuerpo. Y ya no diré
más, ya que detiene mi pluma aquel que dijo:
"Lo que los hombres hacen en secreto, no debe ser
dicho ni oído."
30. Es a esta carne, que es nuestra y que no lo es,
que es nuestra amiga y nuestra enemiga, a la que San
Pablo llamó muerte: "¡Desventurado
de mí! ¿Quién me librará
de este cuerpo de muerte?." Otro teólogo
la llamó "viciosa," "esclava"
y "oscura como la noche." ¿Cuál
es la razón de estos apelativos?
31. Ya que si la carne es una muerte ¿por qué
se dice "el que venciera la carne no morirá?."
32. Yo ruego sobre todo reflexionar: ¿quién
es más grande?, ¿el que muere y resucita
o el que nunca ha muerto del todo? Los que proclaman
al segundo olvidan que Cristo murió y resucitó.
Mas los que tienen por bienaventurados al primero no
consideran la desesperación de los que han caído.
33. El espíritu de la fornicación nos
pinta a Dios como nuestro amigo, el cual perdona fácilmente
esta pasión por ser natural a los hombres. Pero,
si prestamos atención, veremos que estos mismos
demonios, una vez cometido el pecado, nos presentan
a Dios como juez justo e inexorable. Así, antes
del pecado, nos muestran su clemencia para incitarnos
a pecar, y después del pecado, su inviolable
justicia para desesperarnos; luego nos encontramos por
largo tiempo tan sumergidos en la desesperación
y la tristeza, que no podemos reprocharnos nuestra falta
ni hacer penitencia. Y apenas mueren esa desesperación
y esa tristeza, ya vuelven esos tiranos a proclamar
la clemencia divina a fin de volver a derribarnos.
34. El Señor es incorruptible e incorporal, por
eso se regocija con la castidad y con la pureza de nuestros
cuerpos. Por el contrario los demonios se regocijan
con el cieno de nuestra lujuria.
35. La castidad hace al hombre unirse íntimamente
con Dios y asemejarse a El en el mayor grado posible.
36. La tierra, rociada con agua5es la madre de los frutos;
la vida solitaria y obediente es madre de la castidad.
La pureza de nuestro cuerpo, alcanzada en la soledad,
peligra cuando nos acercamos al mundo; pero cuando esa
pureza es fruto de la obediencia, se mantiene firme.
37. He visto al orgullo conducir a la humildad, y recordé
al que dijo: "¿Quién conoce los pensamientos
del Señor?" La soberbia es fruto del orgullo
y nos conduce al abismo. Pero esa misma caída
ha servido, a quienes quisieron aprovecharla, como oración
y motivo de humildad.
38. El que pretenda vencer al espíritu de la
fornicación comiendo y bebiendo es como aquel
que pretende apagar un incendio con aceite.
39. Quien se esfuerza por vencer con la abstinencia
solamente, es como si quisiera huir nadando. Puesto
que siendo la humildad compañera inseparable
de la abstinencia, ésta no es nada sin aquélla.
40. Quien fuera tentado principalmente por una pasión,
deberá armarse principalmente contra ésta,
ya que si no la venciera, de poco le servirá
luchar contra las otras. Cuando hubiera vencido a este
"egipcio," seguramente verá a Dios
en la zarza de la humildad.
41. Una vez fui tentado a sentir en mi alma cierta alegría
que el astuto había despertado para engañarme;
pensé, como un niño, que había
cogido un fruto. Después reconocí el engaño.
Allí aprendí cuan abiertos debemos tener
los ojos para reconocer los peligros.
42. "Todos los pecados que comete el hombre son
exteriores a su cuerpo, pero aquel que se deja llevar
por la lujuria peca contra su propio cuerpo," dice
el Apóstol.
Cuando los hombres cometen otros pecados decimos que
fueron engañados, mas cuando pecan en éste
decimos que cayeron. Ello se debe a que este vicio ahoga
la dignidad esencial del hombre y lo transforma en una
bestia por la fuerza del placer, que lo emborracha y
empapa sus sentidos derribándolo del trono de
la dignidad racional, haciéndolo caer en la bajeza
de la naturaleza bestial.
43. Así como los peces rápidamente huyen
del anzuelo, así huyen de la soledad los espíritus
sensuales.
44. Cuando el demonio quiere ligar a dos personas con
este vicio, escudriña las condiciones e inclinaciones
de cada uno para saber dónde prenderá
el incendio.
45. Los amigos de la sensualidad son de corazón
tierno, inclinados a la compasión y a la misericordia,
— y por eso caen más fácilmente-
mientras que los castos son rigurosos, severos; sin
embargo, no por esto la castidad pierde su valor ni
aquel vicio su fealdad.
46. Un hombre sabio me propuso este difícil problema.
Dime cuál es el pecado más grande de todos,
dejando aparte el homicidio y la negación de
Dios." Como yo respondiera que la herejía,
me replicó: "¿Cómo entonces
la Iglesia recibe a los herejes una vez que han abjurado,
y les permite participar en los sagrados misterios como
lo ordenaran los Apóstoles?" Espantado no
me atreví a responder, y la cuestión quedó
sin respuesta.
47. Al tiempo que cantamos salmos y asistimos a los
oficios, examinemos si la dulzura que sentimos viene
del Espíritu Divino o del mal espíritu
que se mezcla con él.
48. Joven, no te fíes, pues yo he visto hombres
orar con toda su alma por los que querían, y
que creyendo cumplir con la caridad, eran tentados por
el espíritu de la lujuria.
49. A veces un roce logra que el cuerpo reaccione, ya
que no hay, al parecer, cosa más delicada ni
peligrosa que el sentido del tacto. Acuérdate
de aquel religioso que envolvió su mano para
tocar la de su madre, ejemplo que debes seguir para
guardar tus manos del tacto propio o ajeno.
50. Pienso que persona alguna podrá llamarse
verdaderamente santo si no ha logrado sujetar su cuerpo
al espíritu, tanto como en esta vida pueda hacerse.
51. Cuando yacemos acostados es el momento de estar
más atentos a Dios, pues siendo entonces cuando
el espíritu lucha contra los demonios, si se
hallase enlazado en deleites caerá fácilmente.
52. Que el pensamiento de la muerte se acueste siempre
contigo y te despierte la oración que nos enseñó
Jesús. No hallarás ayuda más eficaz
que ésta para el tiempo del sueño.
53. Algunos piensan que las poluciones y los sueños
sensuales proceden solamente de la ingestión
de manjares, pero yo conozco a quienes gravemente enfermos
o sujetos a abstinencia los padecían lo mismo.
Interrogué sobre esto a un monje muy discreto
y espiritual y él me dijo: "La polución
durante el sueño puede proceder, tanto de la
abundancia de manjares y del regalo del cuerpo, como
por habernos ensoberbecido del tiempo transcurrido sin
padecerlas. También sucede cuando juzgamos o
condenamos a nuestro prójimo. Estas dos últimas
y aún las tres pueden acaecerle a los enfermos."
Si hay quien se halle libre de estas causas, lo es por
la gracia divina. Y si lo padece sin culpa suya, es
sólo por envidia del demonio. Dios permite que
así ocurra para afirmar la virtud de la humildad.
54. Que nadie recuerde durante el día los sueños
que tuvo por la noche, porque es así como pretenden
vencernos los demonios mientras estamos despiertos.
55. Oigamos otra astucia de nuestros enemigos. Así
como algunos alimentos nos hacen daño inmediatamente
y otro tiempo después, así ocurre con
las causas con que el demonio pretende derribar nuestro
espíritu. He visto hombres que comiendo regaladamente
no eran tentados, y otros que tratando con mujeres no
eran acometidos por malos pensamientos. Pero que luego,
en la soledad de su celda, confiados en esa paz y seguridad,
caían solos en el despeñadero. Sólo
el que lo ha experimentado lo puede saber.
56. En estas circunstancias puede ayudar mucho el cilicio,
la ceniza, la vigilia en constante oración, el
hambre y la sed, el habitar en tumbas, sobre todo la
humildad de corazón y, si fuera posible, la ayuda
del padre espiritual o del hermano solícito.
Pues yo me maravillaría si alguno, por sí
mismo, pudiera guardar su nave en golfo tan peligroso;
aunque para Dios no hay cosa imposible.
57. También es de notar que no se pena de la
misma manera la misma culpa, porque aunque la culpa
sea una, como las circunstancias y las personas son
diferentes, así lo serán las penas. La
gravedad se basa en la profesión y el estado
de cada uno; el orden sacro que tiene, su vida espiritual,
los lugares, las costumbres, los beneficios recibidos
y otras cosas semejantes, porque está escrito:
"A quién más dieren, más estrecha
cuenta le pedirán."
58. Un religioso me expuso un admirable grado de castidad.
Me dijo que mirando la hermosura y gracia de los cuerpos,
surgía en su espíritu una gran admiración
por el artífice que los había formado,
y con este espectáculo crecía su amor
y lloraba. Así, lo que para otro era caída,
para él era recompensa. Si los hombres perseverasen
de esta manera, habrían alcanzado la gloria de
la incorruptibilidad antes de la común resurrección.
59. Por la misma regla nos habremos de regir al oír
música y cantos profanos. Porque los que aman
ardientemente a Dios, incrementan su amor tanto con
la música seglar como con la espiritual. En cambio
los hombres sensuales incentivan con ellas su perdición.
60. Algunos, como ya dijimos, son tentados en lugares
apartados. Cosa que no nos debe maravillar, porque allí
moran mejor los demonios que fueron desterrados, para
nuestro bienestar, a los desiertos y abismos por mandato
del Señor.
61. El demonio de la lujuria le hace la guerra al solitario
para impulsarlo a retornar al mundo con el pretexto
de no encontrar seguridad en su retiro. Y, por el contrario,
se aparta de nosotros cuando vivimos en el mundo para
que, confiados, continuemos viviendo con los seglares.
62. Debemos siempre luchar contra nuestro enemigo, pues
si no lo combatimos se comportará como amigo
nuestro.
63. Cuando nos encontremos por necesidad en el mundo,
la mano de Dios nos protegerá -y la oración
de nuestro padre espiritual también — para
que el nombre del Señor no sea blasfemado por
nuestra culpa. Ocurre que a veces no sentimos las tentaciones
por estar tan habituados a los males o (como dijo un
santo varón) porque nuestros pensamientos ya
se han hecho demonios. Otras veces los demonios se van
y nos dejan para dar cabida a la soberbia que toma el
lugar de todos los otros.
64. Vosotros, que habéis resuelto alcanzar y
conservar la castidad, escuchad esta otra astucia y
poneos en guardia. Contóme un padre (que lo había
experimentado) que el espíritu de la fornicación
se escondía hasta el fin, incitándole,
en principio, a hablar con mujeres predicándoles
sobre la muerte, el juicio y la castidad, para que ellas
acudiesen a él como al lobo disfrazado de pastor.
Y cuando el atrevimiento haya crecido con la costumbre,
el monje será tentado y caerá en el vicio.
65. Evitemos con toda diligencia no mirar el fruto que
no queremos gustar. No pretendemos ser más fuertes
que el profeta David, quien tan feamente cayó.
66. Es tan alta y singular la gloria que se alcanza
con la castidad, que algunos padres se atrevieron a
llamarla impasibilidad, haciendo al hombre casto casi
celestial y divino.
67. Otros dijeron que después de haber gustado
de este vicio, era imposible llamarse casto. Mas yo
digo que no solamente es posible, sino también
fácil, para el que se convierte y une a Dios
por verdadera penitencia. Recordemos, si no, a aquel
Santo que tuvo suegra, fue casado y mereció recibir
las llaves del Reino.
68. La serpiente de la lujuria es de muchos colores.
A los vírgenes los incita a experimentar, a los
que ya no lo son, los acomete con los recuerdos de los
deleites pasados. Entre los primeros hay muchos a los
que la ignorancia los hace menos tentables, pero los
segundos son los que batallas más crueles padecen
(aunque a veces puede suceder lo contrario).
69. Cuando nos despertamos bien dispuestos y en paz
es porque los santos ángeles nos han consolado
secretamente, y esto lo hacen cuando el sueño
nos llega en pleno recogimiento y oración. Mas
si nos despertamos mal dispuestos es como resultado
de sueños e imágenes malas.
70. Vi al impío, furioso contra mí, como
los cedros del monte Líbano, y pasé frente
a él por medio de la abstinencia y su furia se
aplacó; y le busqué humillando mis pensamientos
y no le hallé; porque la abstinencia aplaca su
furia, pero la humildad lo derriba.
71. El que venció su cuerpo ha vencido la naturaleza
y el que lo logró es superior a la naturaleza
y poco menos que los ángeles.
72. Es maravilloso que una cosa material y corpórea
pueda combatir y vencer a sustancias espirituales e
inmateriales como son los demonios.
73. El Señor, en su bondad, donó a las
mujeres el pudor para poner freno a su atrevimiento;
de no ser así, grave peligro correría
la salvación de los hombres.
74. Los padres dotados de discreción diferencian
varios movimientos: la tentación, la tardanza
del pensamiento, el consentimiento y la lucha, el cautiverio
y la pasión del espíritu.
La tentación es — para ellos — una
imagen que se presenta en nuestro corazón y pasa
pronto.
La tardanza es el detenerse a mirar esa imagen, con
o sin pasión.
El consentimiento es inclinar nuestro espíritu
hacia esa imagen con cierto deleite.
Luchar es el combate que provoca el hombre por su virtud
y en el cual, por propia voluntad, vence o es vencido.
Cautiverio es cuando nuestro corazón se deja
llevar por la pasión, destruyendo el buen estado
del alma.
Dicen que la pasión propiamente dicha es el mal
que después de un tiempo se asienta en nuestro
espíritu y que por fuerza de la costumbre se
transforma en hábito.
De todos estos movimientos, el primero es sin pecado;
el segundo tiene algo de pecado, pero aún se
puede impedir; el tercero es de mayor o menor culpa,
según sea el grado de perfección del tentado;
el cuarto es el causante de premios y gloria; el quinto
se diferencia según se manifieste al tiempo de
la oración o fuera de ella, a través de
pensamientos pecaminosos o sin importancia; el sexto,
sin duda, se purgará en esta vida por la penitencia
o se castigará en la otra.
El que corta de raíz el primer movimiento, de
golpe cortara' los otros.
75. Otros padres dotados de más alto espíritu
y discreción, señalan otro tipo de movimiento
más sutil que los anteriores: el "impulso,"
que es un movimiento momentáneo que pasa por
el espíritu por brevísimo tiempo y a veces
sin participación del intelecto. Si alguien,
conociendo la flaqueza e inestabilidad del hombre, recibiera
la iluminación divina para reconocer la sutileza
de este pensamiento, podría decirnos que una
simple mirada, un roce o una melodía permiten
que el espíritu sufra este súbito deleite.
76. Dicen algunos que los pensamientos lujuriosos nacen
de movimientos corporales. Otros, por el contrario,
afirman que los sentidos del cuerpo engendran los malos
pensamientos. Aquellos sostienen que si el espíritu
y la razón no concuerdan no se lograrán
movimientos. Los segundos alegan en su favor que la
malicia (que nos vino con el pecado) nace de la visión
de algo hermoso, del tacto, de un aroma o de una dulce
melodía, lo que es suficiente para engendrar
en nuestra alma pensamientos lujuriosos.
Sobre esto podrá enseñar más claramente
el que haya sido iluminado por el Señor, ya que
son cosas necesarias para alcanzar la virtud de la discreción;
mas para aquellos que se apoyan en la simplicidad del
corazón tiene poca importancia. Pues no todos
poseen la ciencia, ni todos la bienaventurada simplicidad,
que es verdadera coraza contra las maldades de los malos
espíritus.
77. Hay pasiones que del alma pasan al cuerpo y otras
que hacen lo contrario. Esto es común a los que
habitan en el mundo y lo otro a los que viven fuera
de él. Sobre esto puedo decir solamente: Buscarás
en los malos prudencia y no la encontrarás.
78. Cuando luchamos con el demonio de la fornicación
y lo expulsamos de nuestro corazón con el ayuno
y lo cortamos con el cuchillo de la humildad, al verse
desterrado de nuestro espíritu se apega a nuestro
cuerpo provocando movimientos sensuales.
79. Esta tentación suelen padecerla los que están
sujetos a la vanagloria, porque celebrando el verse
librados de pensamientos impuros, se inclinan hacia
otra pasión: el orgullo.
Así lo testimoniarán los que se recogieran
en la soledad, ya que si allí hicieran examen
de conciencia hallarían este pensamiento escondido
en lo más secreto de su corazón, que,
como serpiente en un albañal, les había
dado a entender que habían alcanzado esa virtud.
Y no recuerdan los orgullosos las palabras del Apóstol:
"¿Qué tienes tú que no hayas
recibido por gracia de Dios, por Su mano, por la oración
y la ayuda de otros?"
Que se examinen y trabajen diligentemente a fin de desterrar
aquella serpiente de los escondrijos de su corazón,
para que, librados de ella, puedan quitarse del todo
las pieles de los afectos carnales y mortales y cantar
a Dios el himno triunfal de la pureza que cantan los
castos niños del Apocalipsis, por haber sido
librados de la corrupción.
80. Este mal espíritu acostumbra aguardar la
ocasión propicia para acometernos.
81. Por eso, los que no han alcanzado la perfecta oración
del corazón, les conviene ejercitarse en la oración
corporal, es decir, levantar las manos en alto, golpearse
el pecho, elevar los ojos al cielo, gemir y permanecer
de rodillas.
Claro está que cuando estamos en compañía
no podemos hacer esto, y es entonces cuando principalmente
nos ataca, y también cuando no estamos protegidos
con la firmeza del buen propósito y con la secreta
virtud de la oración.
Si es posible, recógete en lugar secreto y eleva
los ojos interiores de tu alma, y si no puedes, por
lo menos levanta tus ojos al cielo y extiende en cruz
tus brazos, para que con tu modo de orar desbarates
el poder de Amalee y lo confundas. Llama a gritos al
que te puede salvar, no con palabras elocuentes y sabias,
sino con una simple y humilde oración. Para comenzar
di: "Apiádate de mí. Señor,
porque estoy enfermo." Entonces conocerás
por experiencia propia el poder del Altísimo
y con el socorro invisible del Señor perseguirás
invisiblemente a los invisibles enemigos. Quien de este
modo pelea, podrá perseguir y poner en fuga a
sus enemigos. Esta forma de rápida victoria le
es otorgada, y con razón, a los fieles obreros
de Dios.
82. Estando en una reunión, noté a un
solícito y virtuoso monje, que al ser molestado
por el demonio con malos pensamientos, y no teniendo
allí lugar para orar del modo arriba descripto,
fingió que iba a cumplir con sus funciones naturales
y allí comenzó a pelear a sus enemigos
con fortísima oración. Extrañado
yo por lo poco digno del lugar, me dijo: "¿Por
qué te parece poco conveniente el sitio? Me perseguían
sucios pensamientos y yo, en este desaseado lugar oré
y supliqué al Señor me limpiase de ellos
y Él así lo hizo."
83. Todos los demonios se esfuerzan por oscurecer nuestra
inteligencia a fin de poder sugerirnos lo que pretenden,
ya que si el espíritu no cierra los ojos, nuestro
tesoro no podrá ser robado. Pero el espíritu
de la fornicación es el que más fuerza
tiene para lograr esta ceguera. Cuando lo logra, induce
al hombre a cometer locuras, y éste, al volver
en sí, se avergüenza de sus actos, palabras
y gestos, atónito al notar la gran ceguera en
que cayó.
84. Arroja de ti al enemigo que después de pecar
te impide obrar bien, orar y velar, acordándote
del que dijo: "A causa de los pesares que me causa
este espíritu tiranizado por su disposición
al mal, lo vengaré en sus enemigos.
85. ¿Quién venció su cuerpo? El
que quebrantó su corazón. ¿Quién
quebró su corazón? El que se negó
a sí mismo. Porque ¿cómo no ha
de quedar despedazado y deshecho el que a su propia
voluntad ha matado?
86. Existe un tipo de hombre que habiendo llegado a
tal extremo de maldad, comenta con gran placer y contento
sus deshonestidades y maldades.
87. Los pensamientos impuros del corazón son
generalmente inspirados por el seductor demonio de la
lujuria. El remedio para oponérsele es la abstinencia.
88. ¿De qué manera podría prender
a este amigo mío, que es mi cuerpo para examinarlo
y juzgarlo? No lo sé. Porque si lo ato, se suelta.
Antes de juzgarlo, me reconcilio con él. Antes
de castigarlo, pienso en su salud. Así ¿cómo
ataré al que naturalmente amo? ¿Cómo
me libraré del que de por vida estoy atado? ¿Cómo
destruiré al que me resisto a destruir? ¿Cómo
haré casta e incorrupta una naturaleza corruptible?
¿Cómo razonaré con aquel que no
sabe de razones, pues tanto se asemeja a las bestias?
Si lo encadeno con el ayuno, paso a juzgar a mi prójimo
y de nuevo lo libero. Y si, no juzgando logro vencer,
se levanta en mí la soberbia. Él es mi
aliado y mi enemigo, colaborador y adversario, defensor
y traidor. Si lo complazco, me combate; si lo aflijo,
me debilita, si le doy descanso se envanece y no quiere
sufrir después castigos; si lo entristezco demasiado,
me pongo en peligro; si lo hiero me quedo sin instrumento
para alcanzar la virtud.
¿Quién puede, pues, entender este secreto
que está dentro mío? ¿Quién
sabrá la causa de armonía tan extraña,
que hace que yo mismo me sea amigo y enemigo?
Dime pues, compañera mía, naturaleza mía,
dime cómo librarme de ti. ¿Cómo
huir de ti, natural peligro, si tengo prometido a Cristo
tomar armas contra ti? ¿Cómo venceré
tu tiranía?
Y ella quizás me respondiera: "Voy a decirte
lo que ya ambos sabemos. Mi padre es el amor natural
que tiene la carne, mi hermana es la sensualidad. Tengo
un ama que me obsequia, la gula (porque sin ella no
hay placer corporal). Yo concibo maldades y luego doy
a luz caídas y miserias que son las causantes
de la desesperación.
Si con todo esto llegas a lo profundo de tu miseria
y de la mía, sabrás que humillándote
me atarás las manos; que si abatieras a la gula
me atarías los pies, que si pusieras tu cerviz
bajo la obediencia, quedarías casi libre de mí,
y que si poseyeras la virtud de la humildad, me cortarías
la cabeza.
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As
prósforas são utilizadas na Liturgia Bizantina de
onde é retirado o Cordeiro ofertado na Eucaristia, elaborado
com levedura e preparado sempre por um(a) fiél ortodoxo(a)
segundo uma fórmula específica de acordo com a Tradição
da Igreja
Turibulo usado na liturgia bizantina

S. Serafim Vyritzkiy

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