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    La Iglesia y la nación serbias a lo largo de los siglos

Kosta Christich

Para entender el lugar que ocupa la Iglesia ortodoxa serbia en el seno del pueblo serbio haría falta pasar revista a todas las "eparquías" (diócesis) de las que está compuesta, puesto que la situación varía de una a la otra, y son numerosas. Antes que nada tenemos las diócesis situadas en la actual Yugoslavia, constituida por Serbia y Montenegro; después aquellas que cubren el espacio de la desaparecida Yugoslavia; finalmente, aquellas que existen en Europa occidental, en Canadá, en los EE. UU. y Australia. La Iglesia ortodoxa serbia no se encuentra pues limitada a un territorio homogéneo limitado a su población, su cultura o su régimen político; ahora bien las decisiones que la afectan y comprometen se toman por los obispos de todas las diócesis, reunidos en asamblea (Sabor) una o dos veces al año. Es esta asamblea episcopal la que renueva regularmente la composición del Santo Sínodo, nominando los obispos encargados, bajo la presidencia del patriarca, administra la Iglesia y despacha los lances corrientes.

El origen de la sinfonía entre Iglesia y Estado: el modelo bizantino.
Esta gran diversidad de situaciones es una realidad casi constante en la historia de esta Iglesia; y esto es así por la sencilla razón de haberse encontrado siempre en el corazón del destino del pueblo serbio. Su edad de oro coincide con la del Estado serbio y se remonta a la época medieval. Empieza a principios del siglo XIII, cuando, el 1219, la Iglesia ortodoxa serbia se hace autocéfala, y se acaba en el siglo XV, cuando la invasión otomana engulle totalmente las tierras serbias y provoca inmensos éxodos, afectando los datos étnicos y demográficos de la región. Durante este periodo de más de dos siglos, la Iglesia y el Estado prosperan y funcionan en perfecta armonía puesto que ambos se esfuerzan en realizar entre ellos esta "sinfonía" establecida por el modelo bizantino al cual se remiten y que se simboliza con el águila bicéfala con corona de cruz cristiana. Esta obra se ve facilitada en Serbia por la acción de la misma familia que constituirá la dinastía de los Nemanjic, elogiada y glorificada en la época en todas las crónicas del imperio romano de oriente. El fundador de la dinastía, Stefan Nemanja, crea un estado que aventaja todos los otros estados serbios medievales por su vitalidad, su vigor, su organización y la inteligencia de su diplomacia. Dos de los tres hijos de Nemanja desempeñarán un papel decisivo en la historia serbia: Stevan será "el primer rey coronado de Serbia." El hermano segundo, Ratsko, llamado Sava a partir de entrar como monje en el Monte Athos, obtendrá del emperador y del patriarca de Bizancio la autocefalía de la Iglesia ortodoxa serbia y será su primer arzobispo. Estos tres hombres fueron canonizados por sus obras y su vida. Stevan Nemanja es celebrado bajo el nombre de Simeón (igualmente monacal) y Sava bajo el suyo, recibido a la edad de 17 años.

Dos documentos, esplendorosos del arte bizantino, llevan el testimonio todavía vivo de estos hombres, de su tiempos de gloria, de la continuidad histórica de su pueblo y de la permanencia de la fe ortodoxa en la conciencia nacional: el monasterio de Studenica, erigido por Nemanja en Serbia y el de Hilandar, construido por Simeón y Sava en el Monte Athos de Grecia, cuando el padre fue a reencontrarse con su hijo a la "Santa Montaña". Simeón murió y fue enterrado en Hilandar. Posteriormente, sus reliquias fueron transportadas por Sava a Studenica dónde descansan todavía hoy día y siguen siendo veneradas por los fieles. En la conciencia popular, San Sava ocupa una posición dominante: no es sólo el primero de los arzobispos de la Iglesia serbia, sino también el verdadero apóstol de los serbios y todavía en nuestros días todavía, es celebrado como tal. Afianzó y propagó la fe, fundó numerosas diócesis (entre ellas la de Montenegro, nominado semillas Zeta) y organizó la Iglesia. Fue no sólo un monje asceta y un dignatario eclesiástico, sino también un escritor, un erudito, un diplomático. Su icono y su nombre figuran en los pendones de las revueltas serbias contra la ocupación otomana. Y no es poca cosa que los turcos, con objeto de someter completamente este pueblo, se apoderaran en el siglo XVI de sus restos, que reposaba en el monasterio de Milosevo, y los hicieran quemar, dispersando sus cenizas sobre Belgrado, en el barrio de Vracar dónde se alza hoy el gran templo (inacabado) a él consagrado.

Bajo los imperios turco y austriaco: las primeras divisiones
Con el yugo otomano empieza un periodo de división trágica para el pueblo serbio y su iglesia, que durará prácticamente hasta la formación de la primera Yugoslavia en el año 1918. Simplificando mucho, uno puede decir que del siglo XV al siglo XIX, hubieron dos zonas distintas y encontradas en el espacio habitado por los eslavos del Sur: por un lado, el imperio turco, y por el otro, el imperio austriaco. Entre estas dos potencias, la frontera fluctuará según los periodos, para acabar fijándose a lo largo de los "confines militares" que el poder de Viena fijará a partir del siglo XVI del Adriático hasta la Bessarábia con tal de contener las fuerzas del soldado, y que cumplirá útilmente esta función hasta el Congreso de Berlín el 1878, cuando se opera el primer reflux otomano en los Balcanes. Los serbios que viven bajo la soberanía de la corona austriaca son a menudo (pero no siempre) emigrados que han huido la invasión turca. Sí aceptan poblar los confines militares y defender el imperio y la cristiandad contra el invasor bárbaro, dependerán directamente de la autoridad de Viena y en nada de la de los señores locales. Podrán practicar su confesión, sus costumbres, designar sus líderes, cultivar y poseer las tierras que ocupen. En los "confines militares" (Militärgrenze en alemán, Voja Krajina serbo-croata), los serbios serán soldados-labradores libres de toda ligadura social, si bien sometidos al mando militar imperial. Estos serbios no tienen contacto con sus compatriotas permanecidos bajo la soberanía turca. Las diócesis que existen o se constituirán son en la misma situación respeto al patriarcado y otras diócesis sometidas a la autoridad otomana. Todos tienen aun así conciencia de venir de un mismo pueblo y de pertenecer a una misma iglesia. Y esta conciencia aparece de forma bien clara en su tenaz negación ante las múltiples tentativas de proselitismo uniata lanzadas por el poder vienés. Bajo la ocupación turca los serbios son sometidos al poder teocrático del turco, que sólo reconoce dos categorías de súbditos: los "fieles" o musulmanes, a los cuales todas las puertas están abiertas para moverse por el imperio, y los "infieles", es decir los cristianos (ortodoxos y católicos) y los judíos, ocupando una posición subalterna en todos los respetos. Desde mediados del siglo XV, cuando los turcos sumergen completamente los Balcanes, hasta finales del XVI, cuando La Puerta decide de restablecer el patriarcado de Pec, el pueblo serbio vive en una miseria total. Todos los poderes - comprendidos los de la Iglesia - son decapitados, a la vez que la nobleza es aniquilada o emigra. El país es tomado del caos, agravado por los movimientos masivos de éxodo. Para estabilizar la situación y mantener un cierto orden, los turcos restablecen el patriarcado de Pec y reconocen su competencia sobre los territorios dónde su autoridad se extendía cuando dejó de funcionar un siglo antes. Este espacio desborda ampliamente la zona de ocupación turca y no coincide con las fronteras políticas que esta región europea conocerá con la formación de nuevos estados (rumano, búlgaro, griego, albanés, serbio) en el curso del siglo XIX y principios del XX. Hasta medios del siglo XVIII, cuando La Puerta, descontento por el comportamiento de la Iglesia serbia, suprime el patriarcado de Pec y confía al clero griego de Constantinopla el cuidado de la administración de los súbditos ortodoxos de esta región de su imperio, la Iglesia desempeña un papel central en la supervivencia del pueblo serbio. Es durante este periodo de aproximadamente dos siglos que la asimilación entre serbio y ortodoxo se realiza bajo el efecto de un doble factor. El poder turco no reconocía los pueblos o las etnias sino únicamente las confesiones. Los serbios sólo tendrán existencia pública en cuanto son ortodoxos y no tendrán otro recurso que su iglesia para obtener una ayuda o un respaldo. Al mismo tiempo, la islamización que se desarrolla y llega a la población serbia, y contra la cual la Iglesia ortodoxa se opone, convence a los serbios de que se da una identificación entre la ortodoxia y su pueblo. Es chocante constatar que un serbio que se pasa al islám no es designado en el lenguaje popular como "islamizado" sino como "turquizado". De lo contrario, se ha pasado al bando del ocupante renegando su identidad con tal de obtener privilegios y conseguir una situación dominante. En una palabra: ha traicionado su origen. A esta asimilación entre lo serbio y la ortodoxia, la Iglesia se ve forzada por la organización otomana de la sociedad, si bien también contribuye al poder, por ella, a mantener viva la fe cristiana, a mantener los monasterios, los templos, las fundaciones piadosas, en fin, preservar todo lo que ha sobrevivido del estado medieval serbio, el fundamento y la naturaleza del cual eran ortodoxas. Por otra parte la Resurrección que se magnifica en los oficios religiosos mantiene la esperanza y la voluntad por una liberación del ocupante y de la restauración de un estado independiente. El patriarca dará por lo tanto su pleno respaldo a la gran insurrección serbia que se dará lugar a finales del siglo XVII en la ofensiva armada de los Habsburg y sus aliados contra el imperio otomano; asimismo, tras la derrota de las fuerzas cristianas, encabezará el gran éxodo de su pueblo que busca refugio en Hungría.

Nace el concepto moderno de nación y la formación de la primera Yugoslavia.
En las dos zonas entre las qué se divide el pueblo serbio y su Iglesia se añade, en el siglo XIX, una tercera. Es constituida por dos estados serbios que se agrandan progresivamente y la independencia de los cuales es reconocida en el Congreso de Berlín de 1878. Se trata de Serbia y de Montenegro, sin fronteras en común hasta las guerras balcánicas (1912-1913), puesto que Viena y Estambul no vuelan a facilitar de ninguna forma la unión de estos dos países que aspiran a la misma voluntad de liberar a los serbios para constituir un gran estado que sería la continuación de aquel otro estado de la edad de oro al cual ya nos hemos referido. Claro está que en esta tercera zona las relaciones entre la Iglesia, el poder y el pueblo son muy diferentes de aquellas existentes bajo la corona austriaca o el turbante otomano. Aun así, los dos estados serbios son diferentes el uno del otro. En Montenegro, el poder será teocrático hasta mediados del siglo XIX puesto que este es asumido desde 1700, fecha en la que Montenegro accede a una clase de autonomía, por los metropolitas sucesivos de Cetinje, que ostentan el título de príncipe-obispo. En cambio en Serbia, la autoridad es laica y las fuerzas políticas buscan constituir un estado según los principios propuestos en Europa por la Revolución francesa. Es así que el programa político más constante tiende a reunir en un mismo estado "el pueblo serbio de las tres confesiones": ortodoxos, musulmanes y católicos (tengamos presente que siempre han habido serbios católicos, sobre todo en la costa del Adriático y en Dubrovnik). El concepto moderno de nación domina suplantando la identidad religiosa: se fundamenta en el origen y en la lengua del pueblo. Es en esta lógica que más tarde se constituirá la Yugoslavia ideológica, que afirmará la existencia de una nación única compuesta de tres pueblos (serbio, croata y esloveno) con un origen común y que las vicisitudes de la historia habían separado. Con la formación en 1918 de la primera Yugoslavia, nominada Reino de los serbios, croatas y eslovenos, la Iglesia ortodoxa serbia puede finalmente reunir todas sus diócesis y restablecer su patriarcado. Reencuentra su unidad y su amplitud, pero no el sitio que ocupaba en la edad de oro. La corona se preocupa de mantener la igualdad entre las tres confesiones y la sociedad trabaja por las nuevas fuerzas que inculcan la indiferencia religiosa, la secularización o el agnosticismo. El poder real se esfuerza, además, de instaurar en la conciencia de todos los ciudadanos la convicción que pertenecen a la nación yugoslava, independientemente del origen de sus familias y de su confesión. En otros términos, Yugoslavia, según esta lógica, tenía que comprender únicamente yugoslavos, y no serbios, croatas y eslovenos. Es por esta razón que a partir de 1929 el reino adoptará el nombre de Yugoslavia. En esta nueva realidad, el lugar de la Iglesia serbia varía de una diócesis a otra. Cada una de ellas está marcada por el sello del pasado del cual ha emergido el 1918; el pasado lejano pero también el inmediato, es decir la Primera guerra mundial, que fue catastrófica para la población de Serbia y Montenegro, pero también para el pueblo serbio de Bosnia y Herzegovina, que padeció represalias terribles por parte del gobierno de Viena tras el atentado contra el arciduque de Austria en Sarajevo el 28 de junio de 1914 y el fracaso de las ofensivas austro-húngaras contra Serbia el otoño de ese mismo año. Por lo general, aun así, la influencia ortodoxa se mantiene fuerte y aparente entre los serbios. Y el peso de la Iglesia es grande en la vida pública. Esto se verá cuando la Iglesia conseguirá impedir que el parlamento adopte el convenio acordado entre el gobierno Yugoslavo y el Vaticano. Aún más, el 27 de marzo de 1941, cuando el patriarca, en nombre de toda la Iglesia, justificó el golpe de estado militar contra el regente y el gobierno por haber adherido Yugoslavia al pacto impulsado por Hitler y Mussolini, y da su pleno espaldarazo al joven rey Pedro II y al gobierno de unión nacional que tomaron el relevo. Dicha resistencia al IIIer Reich fue pagado muy caro: el 6 de abril, sin previa declaración de guerra, las fuerzas nazis y sus aliados italianos, húngaros y búlgaros invadieron Yugoslavia y se la repartieron.

La situación de la posguerra y la llegada al poder de los comunistas.
Con la instalación del poder comunista en Yugoslavia tras un golpe de estado nada más acabada la segunda guerra mundial, la situación cambia completamente. Empobrecida por la confiscación de sus bienes o la nacionalización de sus tierras, la Iglesia es marginada de la vida pública y su influencia permanentemente combatida. La facultad de teología es excluida de la universidad y la enseñanza religiosa prohibida en las escuelas. Las fiestas religiosas no figuran más en el calendario de la sociedad socialista y todas las celebraciones se ven condenadas a desarrollarse en el recinto de las iglesias y a no desbordar en la vida pública. Los fieles que se consideran practicantes corren el riesgo de padecer inconvenientes en sus actividades profesionales. Se hace todo lo necesario por reducir sus números y marginarlos como elementos inactivos de la población. Si la religión no puede ser desarraigada, se la tiene que hacer aparecer como una supervivencia arcaica del pasado. Tras ser detenido, sometido al arresto domiciliario y finalmente deportado a Dachau por los nazis, el patriarca vuelve al país y ha retoma sus funciones. Pero el obispo de Zica, Monseñor Nikolaj Velimirovic, quien habiendo padecido la misma suerte, ha permanece exiliado. Ahora bien, se trata de la personalidad más fuerte y la de más renombre de la Iglesia; un gran teólogo y un escritor inspirado, fecundo y con talento. Sus posturas anticomunistas le impedían libremente ejercer de lleno su papel de pastor de la diócesis que fue la sede del primer arzobispo serbio. El archimandrita Justino Popovic, otro teólogo de renombre en el mundo ortodoxo, desobedeció la prohibición de ejercer la enseñanza y fue confinado a un monasterio del que no podía salir. La Iglesia ortodoxa serbia fue perseguida no solo porque el poder ateo ataca todas las religiones sino también porque se la acusa de haber, durante la Segunda guerra mundial, un respaldado el movimiento de resistencia nacional y anticomunista del general Mihailovic. El metropolita Joanikije de Montenegro y una gran parte de su clero fueron exterminados por los comunistas por esta razón al final del conflicto. En la revisión de los manuales de historia, el sitio y el papel de la Iglesia en el destino serbio se ocultan. Y aquellos que intentan dar a conocer la realidad de los hechos pueden ser perseguidos en aplicación del código penal que prevé y reprime el delito de opinión. Los fieles, como la Iglesia, tienen que ser amordazados. A esta opresión se añaden las consecuencias del martirio padecido por la Iglesia ortodoxa y el pueblo serbios en el "Estado independiente de Croacia" constituido por los fascistas croatas de Ante Pavelic durante la Segunda guerra mundial con la benevolente autorización de Hitler y Mussolini. En este territorio, comprendido, grosso modo, por Croacia y la Bosnia-Herzegovina actuales, los serbios eran condenados a desaparecer por el exterminio físico, el éxodo forzado o la conversión al catolicismo. Este plan no fue llevado a su lógica conclusión, pero enguyó centenares de miles de víctimas entre las cuales figuran los obispos y los curas. Todas las diócesis de la Iglesia ortodoxa serbia situadas en estas tierras fueron devastadas, saqueadas o destruidas porqué el poder de los "oustachis" de Zagreb quería hacer desaparecer todo rastro de la presencia de los serbios y de la religión que confesaban. Para este poder la coincidencia entre serbio y ortodoxo era tal que sólo hacía falta que un serbio aceptase por la fuerza abrazar la fe romana para que cesara de ser serbio y obtuviese la seguridad. Si bien no era siempre el caso: ha ocurrido que hombres y mujeres eran ejecutados después de haber renegado su confesión con tal de satisfacer el odio que los verdugos tenían hacia ellos. En el espacio yugoslavo sometido a Berlín y Roma, no sólo había una "Gran Croacia", sino también una "Gran Albania" y una "Gran Bulgaria", dónde se buscaba de extirpar la presencia serbia persiguiendo a su pueblo y a su Iglesia, a la vez que se atacaban sus bienes. La diócesis de Rasko-Prizran que cubre la región de Kosovo-Metohija ha conocido sin discusión la situación más trágica, por las matanzas y expulsiones masivas que se dieron lugar allí. Bajo la ocupación italiana, esta región fue incorporada a Albania y los nacionalistas albaneses en el poder en Pristina emprenderán la tarea de "albanizarla" y de "deserbizarla". Hoy en día, la situación en esta región sometida al protectorado internacional puede dar una idea de como sería en aquel entonces: era la misma, con la excepción de la presencia de la KFOR. De las diócesis de Macedonia, el metropolita y el clero fueron expulsos y la soberanía búlgara introducida por la fuerza a todos los niveles de la vida pública. Bajo el régimen comunista, la Iglesia no sólo tiene que hacer frente a las prohibiciones y a las limitaciones que le imponía el régimen político, sino que al mismo tiempo debía asumir la labor de la restauración tras los cataclismos de la guerra. Y esto sin ninguna ayuda; al contrario. Su obra fue obstaculizada y saboteada por las autoridades comunistas locales que no querían, por razones ideológicas que disimulaban a menudo motivos nacionalistas, que la vida de la Iglesia pudiera retomarse allí dónde había sido apagada. Las diócesis de Croacia y Bosnia-Herzegovina nunca han recuperado su vigor de antaño, y en Montenegro la matanza de los representantes de la Iglesia, el día siguiente al final de la guerra, dejaría un vacío que sería cuidadosamente mantenido por las líderes comunistas de Podgorica, la nueva capital, bautizada Titograd. Además, la Iglesia tenía que hacer frente a los esfuerzos del régimen por debilitarla desde su interior, dividirla del exterior, volverla complaciente o involucrarla en operaciones de orden político. Así, la acción de los Servicios Secretos fue decisiva en las intrigas que condujeron en los años 60 a la ruptura entre las diócesis de América y el patriarcado. Lo mismo sucedió con la formación de la Iglesia ortodoxa de Macedonia, casi en la misma época. En el primero caso, se trataba de marginar completamente la emigración política cortándola de la Iglesia; en el segundo, favorecer el nacionalismo macedonio contra Serbia y Bulgaria.

El despertar religioso y el declive de Yugoslavia.
Hasta principios de los años 70, la Iglesia, paralizada por sus dificultades y sometida a asaltos repetidos, ha vivido replegada sobre si misma, con unos fieles en los que, como Rusia, predominaban las mujeres y los viejos. Aparece entonces una corriente innovadora. Sus artífices son monjes jóvenes y cultivados. Formados en Grecia, discípulos del archimandrita Justino Popovic y lectores de las obras del obispo Nikolaj Velimirovic, que sacuden el letargo invitando a volver a las fuentes de la ortodoxia y a testimoniar sin tapujos la verdad de la Iglesia. Su acción, emparentada con la de los misioneros o los apóstoles, coincide con un debilitamiento del régimen de Tito, que empieza a mostrar sus contradicciones y sus conflictos internos. La desarticulación sucesiva de los comandos dirigentes de Zagreb por "nacionalismo", de Belgrado por "liberalismo" y de Ljubjana por "tecnocratismo" son la señal más destacada. Campañas, como la campaña para salvar la capilla en el monte Lovcen dónde reposan los restos de Njegos, el poeta más grande de la lengua serbia, que fue príncipe-obispo de Montenegro hacia medios del siglo XIX, movilizan en la sociedad fuerzas impensables. En el mismo tiempo, el interés por el pasado y la preocupación de preservar el patrimonio artístico y cultural provocan a Serbia grandes movilizaciones entre la inteligencia pero también fuera de ella. Con la muerte de Tito en 1980, estas corrientes se acentúan y toman la forma de oposición legal, como los comités por la libertad de opinión y de expresión artística constituidos a Belgrado. La Iglesia ve venir nuevos creyentes y una juventud ávida de conocer e incluso de comprometerse. Los sondeos de la época indican que la apatía religiosa, tan importante para el régimen, está en decadencia. La obra de Tito se deshace al poco tiempo de su muerte. El sistema que había instalado entra en agonía y fallece. El año 1990, las primeras elecciones libres desde la instauración del comunismo, son su requiem. Obran la vía a las secesiones que proclaman en el año siguiente Eslovenia y Croacia, seguidas un año más tarde por Bosnia-Herzegovina; los serbios de estas dos repúblicas federadas se oponen y declaran que sí se reconoce el derecho de los croatas de Croacia y los musulmanes y croatas de Bosnia-Herzegovina a dejar Yugoslavia, su derecho a querer permanecer tiene que ser igualmente reconocido. En ambos casos el impasse político implicará una guerra despiadada, puesto que será a la vez civil y nacional. Nadie tendrá la suficiente influencia para evitar la dinámica de las atrocidades, ni tan solo las autoridades religiosas de las tres confesiones, que intervendrán con tal de parar el combate. Hoy, las diócesis de la Iglesia ortodoxa serbia situadas en Croacia y en la parte de Bosnia-Herzegovina atribuida a la federación croata-musulmana, se encuentran en una situación igual de trágica como tras la Segunda guerra mundial. Han sido vaciadas de su población, devastadas y saqueadas. La suerte de la diócesis que abarca la región de Kosovo-Metohija no difiere en la desgracia, sino se ve sumida en el drama que aquí prosigue e incluso se acentúa. Mientras que las diócesis del interior del actual Yugoslavia se ven desbordadas por más de medio millón de refugiados que han huido de la guerra, la represión o el terror que continúa en Croacia, Bosnia-Herzegovina y ahora en Kosovo. La Iglesia se encuentra pues, a finales del comunismo en la misma situación que cuando se encontraba bajo la ocupación turca y austriaca. Y esto se debe al hecho de que, un golpe más, la Iglesia serbia ha compartido la suerte del pueblo serbio, aunque este haya cambiado, sea más heterogéneo que en el pasado, más desunido, agobiado como nunca y aplastado por los requisitos que se le dirigen desde todas partes del mundo. Mientras que el despotismo titista [regimen de Tito] fue incensado en todas partes, sabe que la herencia de más de cuatro décadas de realismo, fundido "real" o "autogestionario" dejará durante mucho tiempo cicatrices en la realidad social y en los espíritus; y que el renacimiento (o la Resurrección) intervendrá cuando la experiencia de este tiempo como la del enfrentamiento trágico de las utopías y el yugoslavismo, como la de el ensañamiento de occidente contra su pueblo serán transfigurados y enriquecerán la conciencia de los hombres y de la nación en lugar de empobrecerla como hoy. En Serbia, desde hace más de un década, todas las prohibiciones relativas a la vida religiosa han sido levantadas, pero la Facultad de teología no ha vuelto a la universidad, las posesiones confiscadas o nacionalizadas no han sido restituidas a la Iglesia, y en las escuelas todavía no se imparte la enseñanza religiosa. Además, el Estado no ha puesto a la orden del día un asunto clave para la Serbia renovada: la de las relaciones que habrían de existir entre el Estado y la Iglesia. Figura entre las grandes tareas que quedan por cumplir para que Serbia salga del periodo transitorio en la que ha entrado en 1990 y que puede durar aun mucho tiempo. En la vida política, la Iglesia ha hecho sentir su voz y ha sabido resistir a casi todas los intentos hechos por el poder y la oposición por instrumentalizarla. Ha sido crítica hacia uno y otro, si bien su severidad ha demostrado el más grande respeto a los que asumen el poder. No siempre se la ha comprendido cuando ha buscado hacer comprender que no es solo "de este mundo". La gracia divina ha querido que en esta prueba haya sido conducida por un patriarca que no era ni político, ni administrador, sino un santo varón. Muchos, de un lado de la barricada política como de la otra, lo han llorado. Pero el tiempo dirá, que era de santidad de lo que esta época estaba más necesitada y que el patriarca Pablo habrá sido la figura más luminosa en las tinieblas del tormento padecido durante la última década.

Autor: Kosta Christich, ex periodista de Le Monde y del Point, preside desde hace 5 años la asamblea laica de la Iglesia ortodoxa serbia de Paris. Es a la vez el autor de dos obras "Los falsos hermanos" y "La resistencia serbia". En el presente escrito hace un breve recorrido por la historia de la Iglesia ortodoxa serbia subrayando sus momentos claves, a menudo poco conocidos.

Apareció por primera vez en el n º 22 de Mirada sobre el Este, de julio-agosto 2000

 

 

 

 

 

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