Para
entender el lugar que ocupa la Iglesia ortodoxa serbia
en el seno del pueblo serbio haría falta pasar
revista a todas las "eparquías" (diócesis)
de las que está compuesta, puesto que la situación
varía de una a la otra, y son numerosas. Antes
que nada tenemos las diócesis situadas en la
actual Yugoslavia, constituida por Serbia y Montenegro;
después aquellas que cubren el espacio de la
desaparecida Yugoslavia; finalmente, aquellas que
existen en Europa occidental, en Canadá, en
los EE. UU. y Australia. La Iglesia ortodoxa serbia
no se encuentra pues limitada a un territorio homogéneo
limitado a su población, su cultura o su régimen
político; ahora bien las decisiones que la
afectan y comprometen se toman por los obispos de
todas las diócesis, reunidos en asamblea (Sabor)
una o dos veces al año. Es esta asamblea episcopal
la que renueva regularmente la composición
del Santo Sínodo, nominando los obispos encargados,
bajo la presidencia del patriarca, administra la Iglesia
y despacha los lances corrientes.
El
origen de la sinfonía entre Iglesia y Estado:
el modelo bizantino.
Esta gran diversidad de situaciones es una realidad
casi constante en la historia de esta Iglesia; y esto
es así por la sencilla razón de haberse
encontrado siempre en el corazón del destino
del pueblo serbio. Su edad de oro coincide con la
del Estado serbio y se remonta a la época medieval.
Empieza a principios del siglo XIII, cuando, el 1219,
la Iglesia ortodoxa serbia se hace autocéfala,
y se acaba en el siglo XV, cuando la invasión
otomana engulle totalmente las tierras serbias y provoca
inmensos éxodos, afectando los datos étnicos
y demográficos de la región. Durante
este periodo de más de dos siglos, la Iglesia
y el Estado prosperan y funcionan en perfecta armonía
puesto que ambos se esfuerzan en realizar entre ellos
esta "sinfonía" establecida por el
modelo bizantino al cual se remiten y que se simboliza
con el águila bicéfala con corona de
cruz cristiana. Esta obra se ve facilitada en Serbia
por la acción de la misma familia que constituirá
la dinastía de los Nemanjic, elogiada y glorificada
en la época en todas las crónicas del
imperio romano de oriente. El fundador de la dinastía,
Stefan Nemanja, crea un estado que aventaja todos
los otros estados serbios medievales por su vitalidad,
su vigor, su organización y la inteligencia
de su diplomacia. Dos de los tres hijos de Nemanja
desempeñarán un papel decisivo en la
historia serbia: Stevan será "el primer
rey coronado de Serbia." El hermano segundo,
Ratsko, llamado Sava a partir de entrar como monje
en el Monte Athos, obtendrá del emperador y
del patriarca de Bizancio la autocefalía de
la Iglesia ortodoxa serbia y será su primer
arzobispo. Estos tres hombres fueron canonizados por
sus obras y su vida. Stevan Nemanja es celebrado bajo
el nombre de Simeón (igualmente monacal) y
Sava bajo el suyo, recibido a la edad de 17 años.
Dos
documentos, esplendorosos del arte bizantino, llevan
el testimonio todavía vivo de estos hombres,
de su tiempos de gloria, de la continuidad histórica
de su pueblo y de la permanencia de la fe ortodoxa
en la conciencia nacional: el monasterio de Studenica,
erigido por Nemanja en Serbia y el de Hilandar, construido
por Simeón y Sava en el Monte Athos de Grecia,
cuando el padre fue a reencontrarse con su hijo a
la "Santa Montaña". Simeón
murió y fue enterrado en Hilandar. Posteriormente,
sus reliquias fueron transportadas por Sava a Studenica
dónde descansan todavía hoy día
y siguen siendo veneradas por los fieles. En la conciencia
popular, San Sava ocupa una posición dominante:
no es sólo el primero de los arzobispos de
la Iglesia serbia, sino también el verdadero
apóstol de los serbios y todavía en
nuestros días todavía, es celebrado
como tal. Afianzó y propagó la fe, fundó
numerosas diócesis (entre ellas la de Montenegro,
nominado semillas Zeta) y organizó la Iglesia.
Fue no sólo un monje asceta y un dignatario
eclesiástico, sino también un escritor,
un erudito, un diplomático. Su icono y su nombre
figuran en los pendones de las revueltas serbias contra
la ocupación otomana. Y no es poca cosa que
los turcos, con objeto de someter completamente este
pueblo, se apoderaran en el siglo XVI de sus restos,
que reposaba en el monasterio de Milosevo, y los hicieran
quemar, dispersando sus cenizas sobre Belgrado, en
el barrio de Vracar dónde se alza hoy el gran
templo (inacabado) a él consagrado.
Bajo
los imperios turco y austriaco: las primeras divisiones
Con el yugo otomano empieza un periodo de división
trágica para el pueblo serbio y su iglesia,
que durará prácticamente hasta la formación
de la primera Yugoslavia en el año 1918. Simplificando
mucho, uno puede decir que del siglo XV al siglo XIX,
hubieron dos zonas distintas y encontradas en el espacio
habitado por los eslavos del Sur: por un lado, el
imperio turco, y por el otro, el imperio austriaco.
Entre estas dos potencias, la frontera fluctuará
según los periodos, para acabar fijándose
a lo largo de los "confines militares" que
el poder de Viena fijará a partir del siglo
XVI del Adriático hasta la Bessarábia
con tal de contener las fuerzas del soldado, y que
cumplirá útilmente esta función
hasta el Congreso de Berlín el 1878, cuando
se opera el primer reflux otomano en los Balcanes.
Los serbios que viven bajo la soberanía de
la corona austriaca son a menudo (pero no siempre)
emigrados que han huido la invasión turca.
Sí aceptan poblar los confines militares y
defender el imperio y la cristiandad contra el invasor
bárbaro, dependerán directamente de
la autoridad de Viena y en nada de la de los señores
locales. Podrán practicar su confesión,
sus costumbres, designar sus líderes, cultivar
y poseer las tierras que ocupen. En los "confines
militares" (Militärgrenze en alemán,
Voja Krajina serbo-croata), los serbios serán
soldados-labradores libres de toda ligadura social,
si bien sometidos al mando militar imperial. Estos
serbios no tienen contacto con sus compatriotas permanecidos
bajo la soberanía turca. Las diócesis
que existen o se constituirán son en la misma
situación respeto al patriarcado y otras diócesis
sometidas a la autoridad otomana. Todos tienen aun
así conciencia de venir de un mismo pueblo
y de pertenecer a una misma iglesia. Y esta conciencia
aparece de forma bien clara en su tenaz negación
ante las múltiples tentativas de proselitismo
uniata lanzadas por el poder vienés. Bajo la
ocupación turca los serbios son sometidos al
poder teocrático del turco, que sólo
reconoce dos categorías de súbditos:
los "fieles" o musulmanes, a los cuales
todas las puertas están abiertas para moverse
por el imperio, y los "infieles", es decir
los cristianos (ortodoxos y católicos) y los
judíos, ocupando una posición subalterna
en todos los respetos. Desde mediados del siglo XV,
cuando los turcos sumergen completamente los Balcanes,
hasta finales del XVI, cuando La Puerta decide de
restablecer el patriarcado de Pec, el pueblo serbio
vive en una miseria total. Todos los poderes - comprendidos
los de la Iglesia - son decapitados, a la vez que
la nobleza es aniquilada o emigra. El país
es tomado del caos, agravado por los movimientos masivos
de éxodo. Para estabilizar la situación
y mantener un cierto orden, los turcos restablecen
el patriarcado de Pec y reconocen su competencia sobre
los territorios dónde su autoridad se extendía
cuando dejó de funcionar un siglo antes. Este
espacio desborda ampliamente la zona de ocupación
turca y no coincide con las fronteras políticas
que esta región europea conocerá con
la formación de nuevos estados (rumano, búlgaro,
griego, albanés, serbio) en el curso del siglo
XIX y principios del XX. Hasta medios del siglo XVIII,
cuando La Puerta, descontento por el comportamiento
de la Iglesia serbia, suprime el patriarcado de Pec
y confía al clero griego de Constantinopla
el cuidado de la administración de los súbditos
ortodoxos de esta región de su imperio, la
Iglesia desempeña un papel central en la supervivencia
del pueblo serbio. Es durante este periodo de aproximadamente
dos siglos que la asimilación entre serbio
y ortodoxo se realiza bajo el efecto de un doble factor.
El poder turco no reconocía los pueblos o las
etnias sino únicamente las confesiones. Los
serbios sólo tendrán existencia pública
en cuanto son ortodoxos y no tendrán otro recurso
que su iglesia para obtener una ayuda o un respaldo.
Al mismo tiempo, la islamización que se desarrolla
y llega a la población serbia, y contra la
cual la Iglesia ortodoxa se opone, convence a los
serbios de que se da una identificación entre
la ortodoxia y su pueblo. Es chocante constatar que
un serbio que se pasa al islám no es designado
en el lenguaje popular como "islamizado"
sino como "turquizado". De lo contrario,
se ha pasado al bando del ocupante renegando su identidad
con tal de obtener privilegios y conseguir una situación
dominante. En una palabra: ha traicionado su origen.
A esta asimilación entre lo serbio y la ortodoxia,
la Iglesia se ve forzada por la organización
otomana de la sociedad, si bien también contribuye
al poder, por ella, a mantener viva la fe cristiana,
a mantener los monasterios, los templos, las fundaciones
piadosas, en fin, preservar todo lo que ha sobrevivido
del estado medieval serbio, el fundamento y la naturaleza
del cual eran ortodoxas. Por otra parte la Resurrección
que se magnifica en los oficios religiosos mantiene
la esperanza y la voluntad por una liberación
del ocupante y de la restauración de un estado
independiente. El patriarca dará por lo tanto
su pleno respaldo a la gran insurrección serbia
que se dará lugar a finales del siglo XVII
en la ofensiva armada de los Habsburg y sus aliados
contra el imperio otomano; asimismo, tras la derrota
de las fuerzas cristianas, encabezará el gran
éxodo de su pueblo que busca refugio en Hungría.
Nace el concepto moderno de nación y la
formación de la primera Yugoslavia.
En las dos zonas entre las qué se divide el
pueblo serbio y su Iglesia se añade, en el
siglo XIX, una tercera. Es constituida por dos estados
serbios que se agrandan progresivamente y la independencia
de los cuales es reconocida en el Congreso de Berlín
de 1878. Se trata de Serbia y de Montenegro, sin fronteras
en común hasta las guerras balcánicas
(1912-1913), puesto que Viena y Estambul no vuelan
a facilitar de ninguna forma la unión de estos
dos países que aspiran a la misma voluntad
de liberar a los serbios para constituir un gran estado
que sería la continuación de aquel otro
estado de la edad de oro al cual ya nos hemos referido.
Claro está que en esta tercera zona las relaciones
entre la Iglesia, el poder y el pueblo son muy diferentes
de aquellas existentes bajo la corona austriaca o
el turbante otomano. Aun así, los dos estados
serbios son diferentes el uno del otro. En Montenegro,
el poder será teocrático hasta mediados
del siglo XIX puesto que este es asumido desde 1700,
fecha en la que Montenegro accede a una clase de autonomía,
por los metropolitas sucesivos de Cetinje, que ostentan
el título de príncipe-obispo. En cambio
en Serbia, la autoridad es laica y las fuerzas políticas
buscan constituir un estado según los principios
propuestos en Europa por la Revolución francesa.
Es así que el programa político más
constante tiende a reunir en un mismo estado "el
pueblo serbio de las tres confesiones": ortodoxos,
musulmanes y católicos (tengamos presente que
siempre han habido serbios católicos, sobre
todo en la costa del Adriático y en Dubrovnik).
El concepto moderno de nación domina suplantando
la identidad religiosa: se fundamenta en el origen
y en la lengua del pueblo. Es en esta lógica
que más tarde se constituirá la Yugoslavia
ideológica, que afirmará la existencia
de una nación única compuesta de tres
pueblos (serbio, croata y esloveno) con un origen
común y que las vicisitudes de la historia
habían separado. Con la formación en
1918 de la primera Yugoslavia, nominada Reino de los
serbios, croatas y eslovenos, la Iglesia ortodoxa
serbia puede finalmente reunir todas sus diócesis
y restablecer su patriarcado. Reencuentra su unidad
y su amplitud, pero no el sitio que ocupaba en la
edad de oro. La corona se preocupa de mantener la
igualdad entre las tres confesiones y la sociedad
trabaja por las nuevas fuerzas que inculcan la indiferencia
religiosa, la secularización o el agnosticismo.
El poder real se esfuerza, además, de instaurar
en la conciencia de todos los ciudadanos la convicción
que pertenecen a la nación yugoslava, independientemente
del origen de sus familias y de su confesión.
En otros términos, Yugoslavia, según
esta lógica, tenía que comprender únicamente
yugoslavos, y no serbios, croatas y eslovenos. Es
por esta razón que a partir de 1929 el reino
adoptará el nombre de Yugoslavia. En esta nueva
realidad, el lugar de la Iglesia serbia varía
de una diócesis a otra. Cada una de ellas está
marcada por el sello del pasado del cual ha emergido
el 1918; el pasado lejano pero también el inmediato,
es decir la Primera guerra mundial, que fue catastrófica
para la población de Serbia y Montenegro, pero
también para el pueblo serbio de Bosnia y Herzegovina,
que padeció represalias terribles por parte
del gobierno de Viena tras el atentado contra el arciduque
de Austria en Sarajevo el 28 de junio de 1914 y el
fracaso de las ofensivas austro-húngaras contra
Serbia el otoño de ese mismo año. Por
lo general, aun así, la influencia ortodoxa
se mantiene fuerte y aparente entre los serbios. Y
el peso de la Iglesia es grande en la vida pública.
Esto se verá cuando la Iglesia conseguirá
impedir que el parlamento adopte el convenio acordado
entre el gobierno Yugoslavo y el Vaticano. Aún
más, el 27 de marzo de 1941, cuando el patriarca,
en nombre de toda la Iglesia, justificó el
golpe de estado militar contra el regente y el gobierno
por haber adherido Yugoslavia al pacto impulsado por
Hitler y Mussolini, y da su pleno espaldarazo al joven
rey Pedro II y al gobierno de unión nacional
que tomaron el relevo. Dicha resistencia al IIIer
Reich fue pagado muy caro: el 6 de abril, sin previa
declaración de guerra, las fuerzas nazis y
sus aliados italianos, húngaros y búlgaros
invadieron Yugoslavia y se la repartieron.
La
situación de la posguerra y la llegada al poder
de los comunistas.
Con la instalación del poder comunista en Yugoslavia
tras un golpe de estado nada más acabada la
segunda guerra mundial, la situación cambia
completamente. Empobrecida por la confiscación
de sus bienes o la nacionalización de sus tierras,
la Iglesia es marginada de la vida pública
y su influencia permanentemente combatida. La facultad
de teología es excluida de la universidad y
la enseñanza religiosa prohibida en las escuelas.
Las fiestas religiosas no figuran más en el
calendario de la sociedad socialista y todas las celebraciones
se ven condenadas a desarrollarse en el recinto de
las iglesias y a no desbordar en la vida pública.
Los fieles que se consideran practicantes corren el
riesgo de padecer inconvenientes en sus actividades
profesionales. Se hace todo lo necesario por reducir
sus números y marginarlos como elementos inactivos
de la población. Si la religión no puede
ser desarraigada, se la tiene que hacer aparecer como
una supervivencia arcaica del pasado. Tras ser detenido,
sometido al arresto domiciliario y finalmente deportado
a Dachau por los nazis, el patriarca vuelve al país
y ha retoma sus funciones. Pero el obispo de Zica,
Monseñor Nikolaj Velimirovic, quien habiendo
padecido la misma suerte, ha permanece exiliado. Ahora
bien, se trata de la personalidad más fuerte
y la de más renombre de la Iglesia; un gran
teólogo y un escritor inspirado, fecundo y
con talento. Sus posturas anticomunistas le impedían
libremente ejercer de lleno su papel de pastor de
la diócesis que fue la sede del primer arzobispo
serbio. El archimandrita Justino Popovic, otro teólogo
de renombre en el mundo ortodoxo, desobedeció
la prohibición de ejercer la enseñanza
y fue confinado a un monasterio del que no podía
salir. La Iglesia ortodoxa serbia fue perseguida no
solo porque el poder ateo ataca todas las religiones
sino también porque se la acusa de haber, durante
la Segunda guerra mundial, un respaldado el movimiento
de resistencia nacional y anticomunista del general
Mihailovic. El metropolita Joanikije de Montenegro
y una gran parte de su clero fueron exterminados por
los comunistas por esta razón al final del
conflicto. En la revisión de los manuales de
historia, el sitio y el papel de la Iglesia en el
destino serbio se ocultan. Y aquellos que intentan
dar a conocer la realidad de los hechos pueden ser
perseguidos en aplicación del código
penal que prevé y reprime el delito de opinión.
Los fieles, como la Iglesia, tienen que ser amordazados.
A esta opresión se añaden las consecuencias
del martirio padecido por la Iglesia ortodoxa y el
pueblo serbios en el "Estado independiente de
Croacia" constituido por los fascistas croatas
de Ante Pavelic durante la Segunda guerra mundial
con la benevolente autorización de Hitler y
Mussolini. En este territorio, comprendido, grosso
modo, por Croacia y la Bosnia-Herzegovina actuales,
los serbios eran condenados a desaparecer por el exterminio
físico, el éxodo forzado o la conversión
al catolicismo. Este plan no fue llevado a su lógica
conclusión, pero enguyó centenares de
miles de víctimas entre las cuales figuran
los obispos y los curas. Todas las diócesis
de la Iglesia ortodoxa serbia situadas en estas tierras
fueron devastadas, saqueadas o destruidas porqué
el poder de los "oustachis" de Zagreb quería
hacer desaparecer todo rastro de la presencia de los
serbios y de la religión que confesaban. Para
este poder la coincidencia entre serbio y ortodoxo
era tal que sólo hacía falta que un
serbio aceptase por la fuerza abrazar la fe romana
para que cesara de ser serbio y obtuviese la seguridad.
Si bien no era siempre el caso: ha ocurrido que hombres
y mujeres eran ejecutados después de haber
renegado su confesión con tal de satisfacer
el odio que los verdugos tenían hacia ellos.
En el espacio yugoslavo sometido a Berlín y
Roma, no sólo había una "Gran Croacia",
sino también una "Gran Albania" y
una "Gran Bulgaria", dónde se buscaba
de extirpar la presencia serbia persiguiendo a su
pueblo y a su Iglesia, a la vez que se atacaban sus
bienes. La diócesis de Rasko-Prizran que cubre
la región de Kosovo-Metohija ha conocido sin
discusión la situación más trágica,
por las matanzas y expulsiones masivas que se dieron
lugar allí. Bajo la ocupación italiana,
esta región fue incorporada a Albania y los
nacionalistas albaneses en el poder en Pristina emprenderán
la tarea de "albanizarla" y de "deserbizarla".
Hoy en día, la situación en esta región
sometida al protectorado internacional puede dar una
idea de como sería en aquel entonces: era la
misma, con la excepción de la presencia de
la KFOR. De las diócesis de Macedonia, el metropolita
y el clero fueron expulsos y la soberanía búlgara
introducida por la fuerza a todos los niveles de la
vida pública. Bajo el régimen comunista,
la Iglesia no sólo tiene que hacer frente a
las prohibiciones y a las limitaciones que le imponía
el régimen político, sino que al mismo
tiempo debía asumir la labor de la restauración
tras los cataclismos de la guerra. Y esto sin ninguna
ayuda; al contrario. Su obra fue obstaculizada y saboteada
por las autoridades comunistas locales que no querían,
por razones ideológicas que disimulaban a menudo
motivos nacionalistas, que la vida de la Iglesia pudiera
retomarse allí dónde había sido
apagada. Las diócesis de Croacia y Bosnia-Herzegovina
nunca han recuperado su vigor de antaño, y
en Montenegro la matanza de los representantes de
la Iglesia, el día siguiente al final de la
guerra, dejaría un vacío que sería
cuidadosamente mantenido por las líderes comunistas
de Podgorica, la nueva capital, bautizada Titograd.
Además, la Iglesia tenía que hacer frente
a los esfuerzos del régimen por debilitarla
desde su interior, dividirla del exterior, volverla
complaciente o involucrarla en operaciones de orden
político. Así, la acción de los
Servicios Secretos fue decisiva en las intrigas que
condujeron en los años 60 a la ruptura entre
las diócesis de América y el patriarcado.
Lo mismo sucedió con la formación de
la Iglesia ortodoxa de Macedonia, casi en la misma
época. En el primero caso, se trataba de marginar
completamente la emigración política
cortándola de la Iglesia; en el segundo, favorecer
el nacionalismo macedonio contra Serbia y Bulgaria.
El
despertar religioso y el declive de Yugoslavia.
Hasta principios de los años 70, la Iglesia,
paralizada por sus dificultades y sometida a asaltos
repetidos, ha vivido replegada sobre si misma, con
unos fieles en los que, como Rusia, predominaban las
mujeres y los viejos. Aparece entonces una corriente
innovadora. Sus artífices son monjes jóvenes
y cultivados. Formados en Grecia, discípulos
del archimandrita Justino Popovic y lectores de las
obras del obispo Nikolaj Velimirovic, que sacuden
el letargo invitando a volver a las fuentes de la
ortodoxia y a testimoniar sin tapujos la verdad de
la Iglesia. Su acción, emparentada con la de
los misioneros o los apóstoles, coincide con
un debilitamiento del régimen de Tito, que
empieza a mostrar sus contradicciones y sus conflictos
internos. La desarticulación sucesiva de los
comandos dirigentes de Zagreb por "nacionalismo",
de Belgrado por "liberalismo" y de Ljubjana
por "tecnocratismo" son la señal
más destacada. Campañas, como la campaña
para salvar la capilla en el monte Lovcen dónde
reposan los restos de Njegos, el poeta más
grande de la lengua serbia, que fue príncipe-obispo
de Montenegro hacia medios del siglo XIX, movilizan
en la sociedad fuerzas impensables. En el mismo tiempo,
el interés por el pasado y la preocupación
de preservar el patrimonio artístico y cultural
provocan a Serbia grandes movilizaciones entre la
inteligencia pero también fuera de ella. Con
la muerte de Tito en 1980, estas corrientes se acentúan
y toman la forma de oposición legal, como los
comités por la libertad de opinión y
de expresión artística constituidos
a Belgrado. La Iglesia ve venir nuevos creyentes y
una juventud ávida de conocer e incluso de
comprometerse. Los sondeos de la época indican
que la apatía religiosa, tan importante para
el régimen, está en decadencia. La obra
de Tito se deshace al poco tiempo de su muerte. El
sistema que había instalado entra en agonía
y fallece. El año 1990, las primeras elecciones
libres desde la instauración del comunismo,
son su requiem. Obran la vía a las secesiones
que proclaman en el año siguiente Eslovenia
y Croacia, seguidas un año más tarde
por Bosnia-Herzegovina; los serbios de estas dos repúblicas
federadas se oponen y declaran que sí se reconoce
el derecho de los croatas de Croacia y los musulmanes
y croatas de Bosnia-Herzegovina a dejar Yugoslavia,
su derecho a querer permanecer tiene que ser igualmente
reconocido. En ambos casos el impasse político
implicará una guerra despiadada, puesto que
será a la vez civil y nacional. Nadie tendrá
la suficiente influencia para evitar la dinámica
de las atrocidades, ni tan solo las autoridades religiosas
de las tres confesiones, que intervendrán con
tal de parar el combate. Hoy, las diócesis
de la Iglesia ortodoxa serbia situadas en Croacia
y en la parte de Bosnia-Herzegovina atribuida a la
federación croata-musulmana, se encuentran
en una situación igual de trágica como
tras la Segunda guerra mundial. Han sido vaciadas
de su población, devastadas y saqueadas. La
suerte de la diócesis que abarca la región
de Kosovo-Metohija no difiere en la desgracia, sino
se ve sumida en el drama que aquí prosigue
e incluso se acentúa. Mientras que las diócesis
del interior del actual Yugoslavia se ven desbordadas
por más de medio millón de refugiados
que han huido de la guerra, la represión o
el terror que continúa en Croacia, Bosnia-Herzegovina
y ahora en Kosovo. La Iglesia se encuentra pues, a
finales del comunismo en la misma situación
que cuando se encontraba bajo la ocupación
turca y austriaca. Y esto se debe al hecho de que,
un golpe más, la Iglesia serbia ha compartido
la suerte del pueblo serbio, aunque este haya cambiado,
sea más heterogéneo que en el pasado,
más desunido, agobiado como nunca y aplastado
por los requisitos que se le dirigen desde todas partes
del mundo. Mientras que el despotismo titista [regimen
de Tito] fue incensado en todas partes, sabe que la
herencia de más de cuatro décadas de
realismo, fundido "real" o "autogestionario"
dejará durante mucho tiempo cicatrices en la
realidad social y en los espíritus; y que el
renacimiento (o la Resurrección) intervendrá
cuando la experiencia de este tiempo como la del enfrentamiento
trágico de las utopías y el yugoslavismo,
como la de el ensañamiento de occidente contra
su pueblo serán transfigurados y enriquecerán
la conciencia de los hombres y de la nación
en lugar de empobrecerla como hoy. En Serbia, desde
hace más de un década, todas las prohibiciones
relativas a la vida religiosa han sido levantadas,
pero la Facultad de teología no ha vuelto a
la universidad, las posesiones confiscadas o nacionalizadas
no han sido restituidas a la Iglesia, y en las escuelas
todavía no se imparte la enseñanza religiosa.
Además, el Estado no ha puesto a la orden del
día un asunto clave para la Serbia renovada:
la de las relaciones que habrían de existir
entre el Estado y la Iglesia. Figura entre las grandes
tareas que quedan por cumplir para que Serbia salga
del periodo transitorio en la que ha entrado en 1990
y que puede durar aun mucho tiempo. En la vida política,
la Iglesia ha hecho sentir su voz y ha sabido resistir
a casi todas los intentos hechos por el poder y la
oposición por instrumentalizarla. Ha sido crítica
hacia uno y otro, si bien su severidad ha demostrado
el más grande respeto a los que asumen el poder.
No siempre se la ha comprendido cuando ha buscado
hacer comprender que no es solo "de este mundo".
La gracia divina ha querido que en esta prueba haya
sido conducida por un patriarca que no era ni político,
ni administrador, sino un santo varón. Muchos,
de un lado de la barricada política como de
la otra, lo han llorado. Pero el tiempo dirá,
que era de santidad de lo que esta época estaba
más necesitada y que el patriarca Pablo habrá
sido la figura más luminosa en las tinieblas
del tormento padecido durante la última década.
Autor:
Kosta Christich, ex periodista de Le Monde y del Point,
preside desde hace 5 años la asamblea laica
de la Iglesia ortodoxa serbia de Paris. Es a la vez
el autor de dos obras "Los falsos hermanos"
y "La resistencia serbia". En el presente
escrito hace un breve recorrido por la historia de
la Iglesia ortodoxa serbia subrayando sus momentos
claves, a menudo poco conocidos.
Apareció
por primera vez en el n º 22 de Mirada sobre
el Este, de julio-agosto 2000