![]() |
Vicariato
da América do Sul |
| Principal | Institucional | Centro de Estudos | Igreja Sérvia no Brasil | Teologia | Contato |
Metropolita Anthony (Bloom) de Souroge
He escogido este tema porque el 3er canon del Primer Concilio Ecuménico(1) habla precisamente de esto. Este canon define la posición de dos sedes de la Cristiandad, la de Roma y la de Constantinopla, y declara que Roma ha de ocupar el primer lugar de honor pues es la ciudad imperial, mientras que Constantinopla, que es la segunda ciudad del imperio, ha de ocupar el segundo lugar. Esta definición es de una gran importancia, puesto que precisa con toda claridad que no hay ningún fundamento teológico en el origen de este orden de presidencia. Únicamente consideraciones de conveniencia, tanto políticas como prácticas, determinan sus lugares. Pero no es tanto de este canon que yo querré hablar. Voy a atraer vuestra atención sobre el problema más general “el primado y los primados” en la Iglesia. A la mitad de los años treinta, Vladimir Lossky, en su primera conferencia sobre la Historia de la Iglesia, desgranó tres temas que encontramos a lo largo de la historia de la Iglesia: a) la búsqueda y la proclamación de la verdad; b) el esfuerzo de organizar la Iglesia de forma a lo que su estructura corresponde lo más cerca posible a su naturaleza; c) finalmente, las consideraciones concernientes a la vida espiritual de la Iglesia. Estos tres elementos aún esenciales si queremos comprender qué es la Iglesia y como ha de ser edificada, organizarse y encontrar su expresión histórica. Mientras tanto, debemos encarar varios problemas. Primero de todo, a lo largo de los primeros siglos, la Iglesia ha definido los fundamentos de la fe cristiana: la doctrina de la Santa Trinidad, la relación entre el Padre, el Hijo y el Santo Espíritu, etc… Pero no hay todavía definición conciliar de la Iglesia en tanto ésta, que sea utilizable por todos los cristianos. A lo largo de siglos, la Iglesia ha estado consciente de su propia naturaleza, de su vida, de su dinámica. Ha proclamado el Evangelio y ha vivido de él, y por tanto, la Iglesia permanece en gran medida misteriosa, no únicamente cuando intentamos tratar su naturaleza profunda, sino también cuando intentamos determinar sus fronteras y decir dónde está presente y dónde no lo está. A lo largo de casi 2000 años de historia, ninguna confesión cristiana ha dado una definición de la Iglesia que nos permita decir qué es la Iglesia en su esencia o cuáles son sus fronteras. Puede ser que esto no sea casual, pues puede ocurrir que hayamos de vivir aún largo tiempo antes de poder percibir y comprender suficientemente la naturaleza de la Iglesia a fin de poder dar una definición que refleje en su visión teológica a la vez lo que es la Iglesia en Dios, en su esencia, y su situación histórica. Somos en gran medida prisioneros de la historia en lo que respecta de la Iglesia. En una gran medida también, somos prisioneros de ciertos presupuestos teológicos que han sido, poco a poco, admitidos sin que los hayamos examinado suficientemente. Somos prisioneros de la historia en la medida en que, en cierta forma, lo que nos ha llegado nos parece ser lo que había de llegar. Tenemos este canon del Concilio de Constantinopla sobre “el primado y los primados” que es el fruto de una situación histórica, enraizada en una situación política y condicionada por cuestiones de conveniencia práctica. Y, por tanto, a lo largo de los siglos, porque estamos acostumbrados a este statu quo, este canon se ha convertido a ojos de muchos, en una característica de la Iglesia. Muchos piensan que es así como las cosas deben ser. Ahora bien, la situación ha cambiado, la historia ha progresado y la importancia relativa de esas ciudades (Roma y Constantinopla) se ha transformado infinitamente diferente de lo que había sido. Pero las fórmulas permanecen y las ilusiones se fundan a menudo sobre ellas. Uno puede decir que esta forma de ver las cosas ha impuesto a la Iglesia una concepción que no es fruto de la teología, sino de un accidente: es la concepción romana del papado. La primacía de Pedro, no tanto de P, que de los sucesores de Pedro, ha sido la causa de una evolución progresiva que nosotros, los Ortodoxos, consideramos como rechazable y destructiva para la Iglesia. El Papa se convierte no únicamente en signo de unidad, sino en un dirigente visto a veces bajo un aspecto que hará estremecer a un católico romano de hoy. En un libro reciente, muy interesante, escrito hace poco por un historiador y un teólogo católico romano que fue durante cinco años miembro del Secretariado para la Unidad de los Cristianos, en el Vaticano, se encuentran citas que muestran cómo, a partir de consideraciones de carácter práctico, una iglesia local llega a las más inverosímiles conclusiones. En tiempos de Pío IX, se afirma muy claramente que el papa es el representante de Dios sobre la Tierra. Es lo que Bernhard escribe en su libro titulado “Comment le pape est devenu infaillibe”, con prefacio de Hans Küng. Un entusiasta dice del papa que él es el “Vice-Dios de la humanidad”. Un periódico oficial del Vaticano afirma por boca de un obispo que “cuando el papa medita, es Dios quién piensa en él”. El obispo Berteaud de Tulle describe al papa como “el Verbo encarnado, viviendo entre nosotros”. El obispo sufráganeo de Ginebra, Gaspard Mermillod “no ha dudado, escribe Bernhard, de hablar de la triple encarnación de Dios en el seno Virginal, en la Eucaristía y en el anciano hombre del Vaticano”. Sé que hoy estas expresiones serán rechazadas, que la mayoría de católicos romanos, pero sin duda no todos, no aceptarán una visión como ésta. Por el momento es claro que de tales expresiones nacen poco a poco de una actitud de fondo que ha alterado la relación entre la Iglesia y los obispos, entre la Iglesia y las sedes principales que se han impuesto progresivamente en el curso de la historia, pero no a partir del Evangelio. Encontramos ahí un punto de tensión que pertenece a la misma naturaleza de la Iglesia. La Iglesia es un organismo escatológico, misterioso –yo diré a este respecto alguna palabra un poco más adelante- y al mismo tiempo es un organismo que evoluciona, actúa, crece y cruza momentos trágicos o gloriosos a lo largo de la historia. En su naturaleza esencial, la Iglesia es más misteriosa que las descripciones que dan los catecismos. No es tan solo un conjunto de creyentes unidos por una fe común, por los mismos sacramentos, por la misma jerarquía, por una misma espiritualidad, es mucho más que esto. Todas estas características corresponden a aquello que uno dice de un edificio para que lo podamos identificar al ver su exterior. Pero todo lo que se ha dicho no desvelará a la persona que comprende esta descripción o que incluso verá con sus ojos el objeto en cuestión, lo que sucede en su interior, cuál es el misterio de ese lugar. El misterio de la Iglesia consiste en el hecho que es un conjunto, un organismo vivo, que es a la vez e igualmente humana y divina. El “primer-nacido de entre los muertos”, nuestro Señor Jesús-Cristo, crucificado y resucitado, es el Dios Vivo, el Hijo de Dios hecho Hijo del Hombre. Y en él – a través de él- Dios es presente en la Iglesia después del instante de la Encarnación. La Iglesia no es separable de lo divino, porque el Cristo es Dios. Después de su Resurrección, en dos diferentes ocasiones, descritas respectivamente en el capítulo 20 del Evangelio según Juan y en las Actas de los Apóstoles, Cristo confiere a la Iglesia el Espíritu Santo. Ha dado el Espíritu Santo, como lo explica Juan, a la totalidad del organismo de tal forma que él habita la comunidad y no es propiedad de nadie. En las Actas de los Apóstoles, vemos que todo el organismo es poseído, colmado, santificado, transformado, transfigurado por la presencia del Espíritu Santo; los miembros individuales pueden también recibirlo y ser llenados, cada uno según su hechura única e irrepetible. Así, por el Espíritu, Dios es presente en la Iglesia y nuestra vida está “oculta con Cristo en Dios”, bajo la acción del Espíritu Santo, o más exactamente bajo la acción del Espíritu Santo en tanto que ella es el Cuerpo de Cristo, una extensión de su Cuerpo por los misterios del Bautismo y de la Comunión, por la participación en su presencia encarnada a través de los tiempos y en todo lugar de la tierra. La
Iglesia está unida al Padre de una forma que no es ni metafórica
ni alegórica, sino substancial y real. San Ireneo de Lión,
hablando de su visión del futuro, de lo que llegará
cuando todas las cosas serán cumplidas, nos dice que el día
llegará a nosotros, el Cuerpo de Cristo y el templo del Santo
Espíritu, llenos de uno y unidos al otro, para “ en
el Hijo Único devenir el Hijo Único de Dios”.
Tal es la visión, tal es el inicio de la realización.
Esta se ha iniciado, está en movimiento, está en progreso.
Y es el aspecto divino de la Iglesia Hace que ella sea Santa, que
hace que sea “católica” – no en el sentido
de una extensión en el espacio o así mismo en el tiempo,
sino el contenido de la palabra griega que significa a la vez “en
todo” y “por todo”. Esto me lleva a otro tema. Nosotros hemos estado y aún estamos bajo la influencia de la teología “eucarística” de la Iglesia, que, pienso, es verdadera dentro de ciertos límites (pero dentro de unos límites muy estrechos), pero que engaña nuestra visión si imaginamos que es perfectamente adecuada. Una teología “eucarística” de la Iglesia afirma esencialmente que la Iglesia es la Eucaristía y que la Eucaristía es la Iglesia, y que las estructuras que son necesarias, esenciales en la celebración eucarística, constituyen una visión de lo que es la Iglesia. Esto quiere decir que ha de haber un celebrante que presida la asamblea que hace que se construya la Iglesia a su alrededor. Debemos esta profunda visión de la Iglesia a un teólogo ruso, el P. Nicolás Afanassieff, pero yo no creo que esto sea todo lo que hay que decir a propósito de la Iglesia. La Iglesia es más grande que la Eucaristía, más extensa que la Eucaristía, la Iglesia contiene la Eucaristía, pero la Eucaristía no resume todo lo que es la Iglesia. Hemos de comprender esto. Incluso tratándose de la Eucaristía, somos fácilmente engañados por lo que vemos. Vemos un celebrante, sea patriarca, obispo, sacerdote, celebrar, y tenemos los ojos en él hasta que él se convierte en tan central que podemos incluso olvidar el verdadero acontecimiento porqué está todo demasiado centrado a su alrededor. Olvidamos, por ejemplo, que cuando el sacerdote – sea cual sea su rango- ha preparado el santo pan y el santo vino, después de haberse revestido y que todos los que celebran con él están a punto a empezar, el diácono se dirige al primer celebrante con estas palabras: “Es el tiempo para el Señor de obrar”. Todo lo que es humanamente posible de hacer ha sido hecho; se ha rezado y se han preparado lo mejor posible para estar cara a cara con Dios Viviente, para acercarse al lugar que no es otro que la zarza ardiente, un espacio que no puede hollar sin ser purificado por el fuego divino; se han revestido con con los vestidos que separan el tiempo de la celebración, la personalidad humana; se ha preparado el pan y el vino y se ha hecho posible las acciones litúrgicas que seguirán; pero lo que es la esencia de lo que sucede no está en nuestro poder, pues nadie puede mediante la sucesión apostólica o de la gracia que corresponde a una función hacer a un ser humano capaz de transformar el pan en Cuerpo de Cristo y el vino en Sangre de Cristo. Ningún ser humano tiene el poder de imponer, sea lo que sea, a Dios, y el verdadero celebrante de la Eucaristía, el único celebrante de todo sacramento, es decir de los poderosos actos de Dios que transfiguran y transforman el mundo, es Dios mismo. El Señor Jesús-Cristo porque ha muerto y resucitado, porque ha vencido y está sentado a la diestra de la Gloria es el Gran Sacerdote de la creación. Él es el único celebrante de todo sacramento y es al Santo Espíritu al que llamamos para que venga y santifique los dones, con la certitud que una respuesta de compasión y de amor nos aguarda, una respuesta capaz de transformar lo que es humano en lo que es divino. Ningún ser humano, ningún ser terrestre tiene el poder de transformar lo que pertenece a la tierra en lo que es divino, y imaginarnos que la estructura de la Eucaristía es una imagen de la totalidad de la Iglesia puede hacernos olvidar que el verdadero celebrante no es aquél que vemos delante de nosotros, sino Aquél que se sienta en la Santa Mesa, que los ortodoxos llaman el Trono de Dios. En este sentido la Iglesia es más amplia que la Eucaristía. Es lo que entonces se pone de manifiesto claramente a lo largo de la misma Eucaristía, después de la comunión de los fieles, cuando el sacerdote dice una oración en voz baja: “Concedednos de comulgar más íntimamente en Vos, el día sin crepúsculo de vuestro Reino” No hay nada más grande que esto, igual que esto, y no quiero disminuir el carácter sagrado, la santidad, la grandeza, la importancia de la Eucaristía. Pero la Eucaristía no es aún la Iglesia revelada en su plenitud, incluso sobre la tierra. Una teología eucarística tiende inevitablemente a conducirnos a la idea de una pirámide de primacías. Un sacerdote celebra la Eucaristía y se convierte en el primero de una comunidad; el obispo está a la cabeza del cuerpo de clérigos –no de la Iglesia, sino de los clérigos; después siempre se forma aún una unidad superior formada por algunos situados a la punta de la pirámide. Pues bien, esto no es así. Solo Nuestro Señor Jesús-Cristo – y ninguna otra persona-, está a la cabeza de la pirámide, ya sea en una pequeña parroquia, en una catedral, o en la Iglesia universal. Cada vez que colocamos un ser humano en ese lugar, hacemos una cosa que – estoy desolado, voy a utilizar palabras que pueden ser ofensivas para los católicos romanos-, pero expresan exactamente lo que pienso de esta representación-, cada vez que decimos que alguno es el “Vicario” de Cristo, decimos que Cristo es ausente y que es necesario alguien para substituirlo. Esto es así de sencillo. Seguro, esto no es así, pero es nuestra absurda proximidad a las cosas lo que hace posible este vocabulario. En la ortodoxia también, existe la misma tentación de construir una pirámide con alguno a su cabeza. Hubo un tiempo que era Roma, después fue Constantinopla; pero puede serlo cualquier. Y todo esto será igualmente falso, pues ningún otro que Nuestro Señor Jesús-Cristo, quien tiene el único derecho de ocupar este lugar y quien efectivamente lo ocupa. Así, cuando nosotros hablamos de “primacía” o de “primacías”, hemos de comprender que nos situamos en un punto de tensión entre la historia y la teología. Esto está muy claro cuando consideramos una remarcable proposición contenida en lo que nosotros llamamos el Canon 34 de los Apóstoles(2). Digo “que nosotros llamamos” porque es claro que este canon no ha estado formulado por los Apóstoles. Es llamado “apostólico” porque la conciencia eclesial ha reconocido en él alguna cosa que se arraiga en la proximidad apostólica y en la forma de proceder de los Apóstoles. Este canon apostólico declara “que pertenece a los obispos de cada nación conocer aquél de entre ellos que está a su cabeza, de reconocerlo como su guía y de abstenerse de hacer, sea lo que sea, fuera de su territorio y de su función sin consejo y su bendición, en lugar de ésto, (actuar sin su consejo y bendición), cada uno de ellos ha de actuar únicamente en aquello que le es solicitado por su propia parroquia(3) o su territorio, y no dejar hacer a su cabeza hacer cualquier cosa sin su consejo, el acuerdo y la bendición de todos; así prevalecerá la concordia y Dios será glorificada por el Señor en el Santo Espíritu, Padre, Hijo y Espíritu Santo”. Se trata de un canon muy interesante, pues la conclusión es que solo en la armonía de las partes, en la totalidad de la multiplicidad y en la unidad Dios es glorificado. Hemos de acordarnos que “glorificar” en griego no significa, como entendemos muy a menudo, alabar o aplaudir: significa que el esplendor de Dios, su belleza inexpresable es revelada. El fundamento del Canon 34 es el siguiente: nuestro fin dentro de la historia, a pesar de nuestra fragilidad y de nuestra insuficiencia es revelar alguna cosa de la unidad de Dios en Tres Personas. Esta unidad puede ser revelada por la concordia, la unanimidad, por el hecho que muchos reunidos en nombre de Dios pueden devenir uno en una perfecta unidad de voluntad y acción. Para llevar a término esto, es por lo que la teología deviene historia, ha de haber unidades en las cuales esta unidad en la multiplicidad es mostrada por el hecho que uno actúa como un padre y el otro como un hijo, que el hijo se vuelve hacia el padre con confianza, amor, respeto, pero jamás el padre actuará usando el poder de forma arbitraria, sino en la unanimidad y en la concordia con el otro. A propósito de esto, vale la pena de pararse sobre la diferencia entre autoridad y poder. El poder es la capacidad de una persona o de un grupo de personas de imponer su voluntad y sus decisiones a otros. La autoridad es una cosa bien diferente. En un sentido, la autoridad no tiene poder: es el carácter convincente de la verdad que es autoridad. Quisiera citar aquí un parágrafo de la introducción que Hans Küng ha escrito a porpósito de los Concilios: escribe: “El primer Concilio Ecuménico de Nicea (325) no ha reivindicado jamás la infalibilidad. La búsqueda histórica reciente ha puesto en evidencia la manera como el cabeza de fila del Concilio, Atanasio, así como muchos otros padres griegos y S. Agustín también, explican la verdadera autoridad. Pero de ninguna forma la infalibilidad de un Concilio. Un Concilio dice la Verdad no por ser convocado de forma jurídicamente regular, no porque la mayoría de los obispos estén presentes, no por que sea confirmado por cualquier autoridad humana; en resumen, no porque desde su inicio todo riesgo de error esté excluido, sino porque a pesar de los términos nuevos que utiliza, no dice nada de nuevo, porque transmite con un nuevo lenguaje la antigua tradición, porque da testimonio del mensaje original, porque respira el aire de las Escrituras, porque tiene el Evangelio detrás de él”. Aquí esta, según mi parecer, la diferencia entre autoridad y poder. El poder significa –como el Vaticano I lo ha proclamado, a pesar de los obispos que lo han abandonado y los que han dicho no a la infalibilidad- que cierta cosa es así y que la elección está entre el rechazo y la aceptación. Pero lo que vemos en el Primer Concilio Ecuménico no es un acto de poder. Lo que hemos recibido a través de la historia de los Concilios Ecuménicos es esa voz resonante en las profundidades de la Escritura, la voz del mismo Dios, la voz del Espíritu Santo proclamando lo que es verdadero, lo que puede ser reconocido como la verdad de la Iglesia. Esto ha estado reconocido como verdadero por la Iglesia a causa de la armonía perfecta que ha sido percibida entre la palabra original, primera de Dios y la que resuena en los Concilios, entre la palabra del Espíritu y la palabra de los hombres. Es la belleza de esta armonía que es el poder de la convicción en su proclamación de la Verdad. Desde ahora estamos en un punto donde el canon 34 puede tomar para nosotros un sentido nuevo. Los primados históricos, esos grandes conglomerados que la historia ha creado están en trance de ser rotos e ir cayendo poco a poco en trozos, gracias a Dios. Estamos poco a poco, en trance de perder las formas que han sido construidas para ser las imágenes de los estados políticos de Roma, de Bizancio y de otros países. La Iglesia Rusa es un triste ejemplo en este aspecto porque nuestro Patriarcado es muy extenso, muy monolítico y muy monárquico en sus formas de hacer, tanto que es difícil de reencontrar el espíritu de la Iglesia primitiva. Y , mientras tanto, esta visión de la Iglesia como reflejo de Dios, de la Santa Trinidad, y no únicamente reflejo, sinó imagen animada, dinámica, llena de vida, no es algo que pueda ser visto. Es algo que hace falta demostrar. Y no puede ser demostrado si no es en una pequeña unidad donde todos se conocen, donde las personas se conocen y respetan, en las pequeñas diócesis donde cada uno es conocido por el obispo y donde el obispo lo conocen sus sacerdotes (y esto no será siempre su ventaja(4), pues no se le conocerá únicamente como obispo, sinó como la criatura miserable que puede ser en alguna ocasión). La Iglesia ha de existir en unidades que sean bastante pequeñas para ser visibles y no muy grandes hasta el punto de no poder ser abarcadas. Es esto que, según pienso, el primado y los primados son llamados a devenir en toda la Iglesia. En un sentido, esto es muy bien llevado a cabo por un Superintendente metodista, responsable de un pequeño círculo, que por un inmenso patriarcado en el cuál el patriarca no puede ser más que una foto en un calendario y nada más; un nombre mencionado, y la ilusión de que en cierta forma es él quién manda. Prefiero
no terminar con una nota tan triste, pero yo pienso verdaderamente
que debemos rezar para que esta visión teológica de
la Iglesia encuentre una expresión real, concreta, intensa
en la concordia que existe entre las unidades en las cuales la concordia
tiene un sentido. No hay concordia posible entre un fiel de Irkoutsk
y el Patriarca de Moscú a menos que uno admita que todo lo
que dice el Patriarca es justo, o bien que uno sienta que él
se ha equivocado, pero que no tiene nada que hacer. Debemos reencontrar
esta visión teológica y hacer una demostración
de la verdad. Uno puede, por razones administrativas o políticas
tener algo más amplio, pero esto no se corresponderá
al canon 34 de los Apóstoles. Eso no corregirá primero
en la conciencia del pueblo y después en la práctica
de la Iglesia las terribles consecuencias de la mala interpretación
del Canon 3 de Constantinopla tratando, los dos “primados”,
consecuencias que se han poco a poco multiplicado como malas hierbas
por alcanzar otras esferas de la vida eclesial. Para acabar, quisiera
decir que parar superar esto, hemos de ser más cristianos
de lo que somos, que antes de nada hemos de estar en Cristo y en
la Iglesia. Debemos también reencontrar una teología
de la primacía que sea verdadera, porqué no podemos
partir de falsas premisas para construir una visión de la
verdadera Iglesia.
Notas: (1)
Tercer Canon del Segundo Concilio Ecuménico: “Que
el obispo de Constantinopla es el segundo después del de
Roma... (2) Canon 34 de los Cánones de los Santos Apóstoles: “Que los obispos deben reconocer la autoridad de su primado”: “Los obispos de cada nación han de reconocer su primado y considerarlo como su cabeza; no hacer nada sin su opinión y cada uno no se ocupe que de lo que corresponde a su diócesis y la tierras dependientes de su diócesis. Pero también él, (el primado), que no haga nada sin la opinión de todos; pues así reinará la concordia y será glorificado el Padre y el Hijo y el Santo Espíritu”. (3) N.T. Por tanto, es un documento escrito cuando aún cada iglesia local (hoy, llamadas parroquias) tenía su obispo, presbíteros y diáconos. (4) Para el obispo.
|
|||||
|
Igreja Ortodoxa Sérvia © 2006-2008 |